lunes, 29 de enero de 2007

A CORAZON ABIERTO


(Publicado en el diario LA RIOJA el 31 de octubre de 1996 fue objeto del Premio Nacional Gabino Jiménez de Artículos sobre Urbanismo convocado por la Consejería de Urbanismo de la Comunidad Autónoma de Canarias en 1996)

Esta ciudad está enferma, pero no del corazón. Jose Luis Bermejo y su gobierno municipal del Partido Popular quieren sanarla, como antes lo hicieran Pilar Salarrullana y Manuel Sainz, pero se equivoca igualmente en el diágnostico y en el tratamiento. No es el corazón lo que está enfermo ni es la cirujía el remedio. Pero ya se sabe, la popularidad va ligada al sensacionalismo y nada llama más la atención del público que los asuntos del corazón.
Pero dejémonos de metáforas y vayamos con los hechos. El Sr. Alcalde ha decidido que hay que “intervenir” en el Espolón (perdón por volver tan pronto a la metáfora) y que hay que hacerlo sumando los métodos de Marín en la aceras –materiales “modernos” y epatantes–, de Sainz en la glorieta del doctor Zubía –cambiarlo todo para que nada cambie–, y de Salarrullana en sus famosas calles –peatonalizar a toda costa y sea como sea. Bermejo tiene tan buenas intenciones como Marín, como Sainz o Salarrullana, pero de buenas intenciones, como dice nuestro refrán, está empedrado el infierno.
Tengo de esta ciudad siempre presente una “radiografía” general (perdón de nuevo por insistir) de Julio Caro Baroja, que dice que este país era hace cuarenta años una tierra pobre pero hermosa y que, sin embargo, a medida que se enriquecía, se iba poco a poco convirtiendo en uno de los lugares más feos y vulgares de Europa. Marín dió en quitar de nuestras aceras ese sencillo, cómodo y versátil embreado que emparentaba nuestra ciudad con París (¡allí todavía siguen de asfalto!) y se dedicó a poner poco a poco baldosas caras por las aceras para que, cuando menos, luciesen todas como el Paseo de las Ramblas de Barcelona. El aplauso de la ciudad fue unánime y si no hubiera sido por la crisis de UCD es posible que todavía le tuvieramos de alcalde. Logroño empezaba a ser rica pero no dejaba de ser pueblerina, y esa fatal combinación es, como todos sabemos, el origen de las expresiones “snob”, “paleto”,“hortera” o “nuevo rico”.
Los socialistas hicieron doctrina del éxito de Marín y a la ciudad le importó un bledo que se cargasen las amplias aceras de la Avenida de Colón siempre y cuando pusieran en el trocito que quedaba, baldosas de las caras. Año tras año se fueron reenlosando nuestras calles y plazas con tal lujo y variedad de piezas que pasear por Logroño se ha convertido, a la postre, en un completo recorrido por el muestrario nacional, ¡y hasta internacional!, de adoquines, losas, bordillos, y baldosas.
Extenuado el modelo socialista, y no precisamente por la teoría del adoquín y la losa del hormigón estampado, Bermejo se ha encontrado con que sólo le quedaban dos plazas en Logroño por embaldosar: la del propio Ayuntamiento y la del Espolón. Con la del Ayuntamiento no se ha atrevido porque la hizo un arquitecto divinizado y ya puede hundirse o ser más fea que un pecado, que los lugares tocados por el dedo del arte son tan sagrados para los políticos como la propia doctrina de las losas de colores, y más vale no meterse con ellos. Así que ha dicho: ¡a por el Espolón!.
La ocasión la pintaban calva porque nada más llegado al cargo le acababan de enmarmolar (o engranitar) de verde y rosa, los zócalos de la Concha y la peana de Espartero. ¡Pero hombre! –ha debido preguntarse– ¿cómo permitir que aún pisemos las humildes y anónimas baldosas hidráulicas hexagonales o las aún más rústicas losetas de hormigón lavado cuando a Espartero y a los turistas les ponen piedra de calidad?. Nada, nada, ¡a enlosar!. Y si se tercia, pues a peatonalizar algo, lo que sea, que eso sí que es poner losas y adoquines en cantidad.
Como ya hiciera Sainz en la Glorieta del Doctor Zubía y los jardines del Instituto, se respeta la actual distribución de zonas, porque cualquier modificación en ese sentido no da ninguna garantía y, abundando en el método, si fuera poco el poner suelos recios, allá van también las farolas fernandinas y los bancos imperio que eso a todo el mundo le gusta porque queda muy antiguo y da mucho empaque.
En la sugerencia que hace unos días redactara para el Colegio de Arquitectos, recogía una cita de Paul Valery para advertir al Ayuntamiento que éste era uno de esos casos en los que, según el poeta,“lo más profundo es la piel”. Pero como veo que no surte efecto y no me van a hacer caso, no ya Bermejo, el Ayuntamiento, ni los ciudadanos, sino incluso mis propios compañeros arquitectos en el ayuntamiento, sean concejales o funcionarios; como creo que este asunto de las baldosas es una guerra perdida porque aún no ha llegado ese punto histórico de inflexión en que este país quiera recuperar la sencillez, y a través de la sencillez, la belleza; dejo atrás mis análisis y diagnósticos y opongo mi corazón dolido a ese corazón de nuestra ciudad pronto a “intervenir”.
Y digo: acepto que se peatonalice y que se repavimente, que se pongan farolas regias y bancos imperios; cedo a la democracia de los votos frente a los argumentos de la razón; me olvido de las normas compositivas y de mi invocación a la sencillez; acato el veredicto de que esto y no otra cosa es lo que se merece Logroño y los logroñeses; admito incluso la posibilidad de que la plaza de El Espolón por ser un lugar tan especial en sus dimensiones, ubicación y arbolado, consiga aguantar el envite que ahora se le quiere hacer, como ha aguantado a la reforma de la fuente del Espartero, al maquillaje tecnológico de la Concha o a las farolas con ojos de sapo que se pusieran hace un par de años. Cedo en todo y no daré más guerra al Ayuntamiento y a los logroñeses en este asunto si por lo menos consigo salvar un metro cuadrado en el que el corazón de Logroño coincide con mi corazón. Esto es, pido solemnemente al Ayuntamiento de Logroño y a los logroñeses que se salve esa fuentecita de beber situada en el centro justo de la plaza, a medio camino entre el monumento a Espartero y la Concha, y que según el anteproyecto presentado por el Ayuntamiento se quiere eliminar.
Las ciudades se salvarán, dicen los textos sagrados, con sólo que queden en ellas unos pocos hombres justos. El corazón de Logroño seguirá latiendo, digo yo, si conseguimos que esa fuentecita siga ahí, en su sitio, a pesar del marasmo de mármoles, granitos, adoquines y farolones que se le vienen encima, a mayor gloria de José Luis Bermejo. Porque esa fuentecita está en mi corazón y, según creo, en el de muchos logroñeses más.
Y quién sabe además, si empezando por un metro cuadrado...

(En las obras que al fin se llevaron a cabo, con granitos, adoquines y farolones imperiales, salvaron curiosamente la fuentecita pero no el lugar que representaba: la cogieron y la pusieron en otro punto menos significativo para intentar quedar bien y conjurar el peligro que suponía dejarla en un viejo y amenazante metro cuadrado de mala conciencia)