lunes, 29 de enero de 2007

ES CULTURA URBANA


(Publicado en La Rioja del Lunes el 13 de abril de 1992)

La noticia es la siguiente: el Ayuntamiento de Logroño ha convocado un concurso de escultura urbana en tres niveles: artistas en general/estudiantes de medias/ y estudiantes de básica, para los que propone una serie de premios y presupuestos de ejecución, cuya cifra total suma algo más de 6 millones de pesetas. Lo he leído en la última página de esa especie de hoja parroquial que la Casa Consistorial publica semanalmente. Concretamente en el nº 282, de fecha 27 de marzo de 1992.
Item más, dícese en el mismo anuncio del concurso que “esta convocatoria se realizará anualmente”.
Puesto que los trabajos “se presentarán en la Concejalía Delegada de Medio Ambiente y Tráfico”, se deduce que la idea y la gestión del concurso corren a cargo de doña Pilar Salarrullana y sus asesores. Hasta aquí la noticia.
Una buena noticia para los escultores ¿no?, y una buena noticia para la escultura: dinero para la Creación, para el Arte, para la Cultura.
La duda, mis dudas, es si se trata de una buena noticia para la ciudad, porque si me permiten un pequeño juego de palabras y de mayúsculas y minúsculas, diré que la escultura en la ciudad ya no es cultura sino Cultura (esCultura), o sea, asunto de Instituciones y de Artistas y no de entendimiento público y beneplácito popular. O lo que es lo mismo, asunto poco urbano.
Por seguir con la noticia empezaré mi razonamiento por el final: según la convocatoria, la escultura de los artistas (que de los seis se llevará cuatro millones y medio de pesetas) irá emplazada en el nudo de tráfico a distintos niveles del cruce de Vara de Rey con Duques de Nájera (!!!); la de los estudiantes de medias, en el reciente Parque de la Laguna (!!); y la escultura de los de básica, en cualquier parte al aire libre (!). O sea, en lugares totalmente inhóspitos o indefinidos. Lo cual quiere decir que lo que se pretende de las esculturas es más arreglar o definir la ciudad que adornarla o embellecerla.
En el nº 22 de la rev. Arquitectura Viva, ene-feb 1992, Javier Maderuelo dedica precisamente algunas reflexiones al asunto de la escultura urbana y denuncia que el despertar del interés por la escultura “está siendo aprovechado por los ediles, quienes se sirven de él para utilizar el trabajo de los escultores como maquillaje de ciertos problemas urbanos, presuponiendo además, demagógicamente, que dotan de calidad y modernidad a unos malos espacios públicos generados durante los últimos años gracias a la ambigua significación que la escultura pueda proporcionarles”. Ni que hubiera leído antes que yo la convocatoria de doña Pilar.
El origen histórico de la problemática relación actual entre escultura y ciudad hay que buscarlo en sus malas relaciones previas con la arquitectura desde que la modernidad, con Adolf Loos a la cabeza, barrió de ella cualquier atisbo de decoración u ornamento. Es curioso ver justamente en estos días cómo algunos arquitectos se esfuerzan por recuperar esa relación completamente abandonada: así Oscar Tusquets, quien invita a Juan Bordes a incorporar sus esculturas en unas viviendas de Reus o en un proyecto de Auditorio para Las Palmas. El propio Juan Bordes ha publicado sus dibujos con un empeño teórico sobre la cuestión (Conca ediciones). Las esculturas para la Arquitectura de Francisco López, autor de la fuente del Ayuntamiento de Logroño, estarían en esa misma línea (véase rev. Arquitectura nº 263).
Tras el largo paréntesis de la modernidad en que la escultura desapareció de la ciudad en su doble utilización, bien como “adorno”, bien como “monumento”, hay que destacar la labor teórica de Aldo Rossi en recuperarla en el segundo de los supuestos. Claro que sus propuestas formales en tono “minimal” o pseudoarquitectónicas dejaban la simbología propia del monumento al alcance de cuatro iluminados. En los años 70, Antonio Roselló produjo en esta línea unas cuantas piezas que no supo si llamarlas arquitecturas o esculturas (véase Construcción de la Ciudad 2C, mayo de 1979), y con motivo de la obra del inglés Anthony Caro se llegó a acuñar el término “esculpitecturas”. El resbaladizo terreno entre la escultura y la arquitectura dio lugar a obras tan tristes como el Monumento a la Constitución del Paseo de la Castellana de Madrid, que bien parece una maqueta del edificio del Arco de la Defensa en París. O aquel otro despropósito de cambio de escala de una obra figurativa de Antonio López que afortunadamente no se llegó a realizar, y que el pueblo de Madrid bautizó con el jocoso nombre de “El coloso en bolas”.
Vista la imposibilidad de encontrar una salida airosa en la relación entre la escultura y la ciudad por la vía del monumento, e inexploradas apenas las posibilidades de volver a ornamentar la ciudad con nuevas esculturas, las propuestas escultóricas más interesantes de los últimos tiempos se han echado al campo (land art), han tomado a los viejos monumentos como objetos susceptibles de ser envueltos (Christo) o han abandonado definitivamente las formas para convertirse en espectáculo (instalaciones). Tres modos de abordar la escultura que si no dicen del todo un adiós a lo que todos entendíamos por escultura, sí que parecen decir adiós a la ciudad como receptora de las mismas.
Una breve descripción del panorama contemporáneo de la escultura urbana debería acabar con la mención si quiera de esa vía nostálgica (y muerta) de recuperación de la escultura en las plazas duras que ha acercado la escultura al diseño, incorporándola y confundiéndola con toda esa clase de chismes de relleno que allí se ponen, tales como farolas, fuentes, bolardos, balaustres, bancos o marquesinas.
Visto que el panorama no está nada claro, cualquier intento de hacer hoy escultura en la ciudad debe estar cuando menos cimentado en un diálogo inteligente entre sus responsables políticos y el escultor, en el que ambas partes ofrezcan lo mejor de sí. Los datos de la convocatoria del concurso revelan que por parte de los ediles no hay más que buenas intenciones y oportunismo. Así que permítaseme dudar muy mucho de que las propuestas de los escultores, máxime si se trata de estudiantes, lleguen a compensar las carencias del interlocutor.