martes, 9 de enero de 2007

METROPOLIS Y PROVINCIA


(Publicado en Archipiélago, nº 12, 1993)

La expresión “aldea global” es un topicazo y una falsedad manifiesta porque su fundamento, “los medios de comunicación”, no tienen nada que ver con el término aldea, donde la comunicación es siempre directa y personal.
Puestos a buscar la herencia de la vieja dicotomía entre campo y ciudad, términos, estos sí, verdaderamente ciertos -en tanto que ya muertos-, no parece verosímil que una sola entidad universal y unificadora los sustituya, aniquilando, a su vez, la diversidad y el diálogo que toda dicotomía promueve.
La habitual pregunta que se nos hace a la gente que vivimos en Logroño: ¿qué tal se vive en provincias?, me da la clave (y la palabra) para entender que además de “provincias” hay otro tipo de lugar en el que vive la gente que hace este tipo de preguntas, –llamémosle metrópoli–, y que ambos, provincia y metrópoli podrían ser los legítimos herederos del campo y la ciudad.
Las respuestas más tópicas a la dichosa pregunta, relacionan y diferencian siempre la tranquilidad de una y otra, el tiempo gastado en los desplazamientos, los precios de los pisos, la facilidad de la crianza y de la vida familiar, y cosas por el estilo. Pero puestos a responder con imágenes más poderosas podría decirse que los habitantes de metrópolis viven en un lugar tan grande y con tanta gente que ignoran sus límites: una especie de cárcel en donde no son precisas las alambradas y barrotes pues su misma dimensión interna disuade a sus habitantes de salir de allí. Además ¿para qué?, si en esa cárcel, menos montañas y estrellas, hay de todo.
En provincias, sin embargo, donde aún se ven las montañas y las estrellas, la sensación carcelaria se produce de otro modo: diríase que allí uno no puede escapar de la proximidad de los defectos propios y de las maldades de sus semejantes.
Un habitante de metrópoli, pongamos como ejemplo, no carga a diario con la incompetencia de su alcalde o de su aparato burocrático; y los directores de los periódicos (esos otros alcaldes) son para él tan invisibles como el alcaide del famoso castillo kafkiano. Su vida se desgasta en un continuo ir y venir entre casas y calles atiborradas de gentes y artefactos. En provincias, sin embargo, allí donde pudiera haber más espacio entre personas y cosas se hacen inmediatamente presentes la incompetencia del alcalde (y la de sus funcionarios) o la bellaquería del director del periódico local.
Por si no pudieran aguantar de continuo cada uno en su lugar, el habitante de metrópoli goza de un permisillo de salida los fines de semana que utiliza principalmente para ir a ver la hierba y el color del cielo, mientras que el de provincias se escapa, sobre todo, para perder de vista a sus co-provincianos.
Las escapadas continuas y el aumento de las comunicaciones entre metrópolis y provincias dieron lugar a teorías del territorio en las que se acuñaron términos complicados como “el dominio urbano ilocal”, “sistemas de ciudades”, “corredores estratégicos” y eufemismos por el estilo. Todos fueron arrinconados por la fórmula mucho más publicitaria de “aldea global” que mezclaba la nostalgia por la pérdida de los lugares donde se daba la comunicación directa (aldeas) con la nostalgia de la desaparición de las ideologías globalizantes o “totalitarias”.
La expresión “aldea global” tiene el tufillo tanto de los mitos del comunismo campesino como los del burgués suburbano, un aroma que sugiere siempre un estado idílico de armonía entre el hombre con su medio físico y con los demás hombres; y de ahí su éxito.
Pero para saber que expresa una gran mentira, no hay más que preguntar por el lugar en que vive, al hombre de metrópolis o al de provincias.

1 comentario:

El buzón de mi casa dijo...

El adorno suele utilizarse para ocultar las imperfecciones.

Gracias por el artículo he disfrutado tanto del contenido como de la sencillez de su contenido, sin adornos, ¡enhorabuena!

Xao