martes, 30 de enero de 2007

EL SENTIDO DE LO PUBLICO


(Publicado en el diario La Rioja el 21 de julio de 1993.)

Los debates públicos que el Colegio de Arquitectos celebró los días 4 y 6 de mayo sobre urbanismo y obras urbanas en Logroño fueron toda una demostración de la completa incapacidad de los ciudadanos y de los políticos, sean éstos profesionales (concejales y asesores de concejales) o aficionados (vecinos y asociaciones de vecinos) para iluminar el urbanismo o las obras urbanas de Logroño desde el sentido de lo público. Todas y cada una de las intervenciones que allí se hicieron tuvieron siempre el sesgo de una perspectiva individual de los problemas, cuando no de su planteamiento más egoísta. Hasta tal punto –fíjense Vds– que Domingo Dorado se vió obligado a repetir cuatro o cinco veces que la política es la tarea de equilibrar la demandas individuales y siempre contrapuestas de los ciudadanos y grupos ciudadanos. Que nadie se llamase a escándalo con tales palabras significaba un acuerdo tan perfecto entre los asistentes que una descalificación de dichas reuniones como la que aquí se expone sólo puede realizarse desde fuera de las mismas.
La desvergüenza con la que los asistentes hacían intervenciones del tipo “a nosotros no se nos ha consultado” (con lo importantes que somos nosotros), o “a mí no me gusta eso”, o “yo estoy malita, necesito usar el coche y no puedo aparcarlo como quisiera, siempre en la puerta de mi casa”, o “hay que poner aseos por todas partes pensando en los que tienen problemas de próstata”, etc., etc., no eran sino el espejo de la política personalista, individualista y protagonista de Pilar Salarrullana, de manera que es de temer que esta mujer no sólo revalide en las siguientes elecciones su concejalía por muy hundido que esté el CDS, sino que incluso la engrose. Todas estas intervenciones no son sino fruto de esa funesta idea que los políticos democráticos tratan de extender sin cesar y con evidente éxito, de que lo público es la suma o yuxtaposición de lo individual, que lo público es la estadística y el resultado del recuento de los votos. Lo público, sigue diciendo esa idea, son las mayorías, el respeto a las minorías, las consultas a las asociaciones, los trapicheos (negociaciones les llaman) en los despachos del Ayuntamiento y finalmente la inauguración oficial, en la que el político, a los sones de la Banda Municipal, brilla con una luz que espera que alcance a las siguientes elecciones.
Pues bien, hay que decir con la mayor claridad y contundencia posible para contrarrestar la falsedad de esa idea, que lo público no es de ningún modo la suma de los intereses individuales de los individuos, pues de ese modo, el individuo es tratado como masa, como ganado, como número, y porque entonces lo público se reduce a sumar, a consultar a los “técnicos” que saben sumar, a atender sólo a los más vociferantes y pesados, o como dice Dorado con una ingenuidad prehegeliana, a buscar el equilibrio entre los egoísmos contrapuestos.
Lo público, por el contrario, es simple y llanamente la cualidad de los hombres que se opone a la individuación, la posibilidad por la cual los hombres son capaces de trascenderse sobre sí mismos abandonando su condición de borregos.
Pondré ejemplos urbanos, para que nos entendamos, dentro del tema de los debates que motivan estas líneas: público es dar el brazo a un ciego para cruzar una calle, y no gastarse los dineros en pajaritos electrónicos que pitan cuando el semáforo se pone verde; público es coger la silla de un minusválido y subirle a la acera y no andar descalabrando todas ellas con rampas inclinadas para que se rompan los tobillos quienes estaban sanos; público es llegar andando a un paso de cebra, ver que viene un coche sólo y ninguno detrás, y no hacerle parar con la arrogancia que te da la ordenanza, sino evitarle el frenazo, dejarle y pasar, y cruzar luego uno tan tranquilamente; público es reprender con energía al mozalbete gamberro que destroza una papelera y no andar pidiendo más y más policías; público es no dejar nunca el coche privado en la calle, porque de ese modo estamos ocupando egoístamente y con la mayor de las desvergüenzas la vía pública, que podría ser utilizada, por ejemplo, para que los chiquillos jugasen a las chapas y las niñas a la piedra; público es no correr nunca con el coche por el peligro que eso puede ocasionar a los demás; públicos y abiertos a todos los viejecitos con problemas de próstata son todos los wateres de todos los bares de la ciudad (¡y mira que hay bares!) y no gastarse millones de pesetas en feísimas casetuchas de mecanismos automáticos en medio de las plazas; público es andar en bici, mal que le pene al que se le pueda arrugar el traje; pública es la fiesta y público es saber cuándo no hay que cantar ni dar voces por la noche, y no las ordenanzas de cierres de bares ni las ordenanzas de ruidos y vibraciones, etc., etc., etc.
Lo público, contra lo que comúnmente se cree y se dice, no es lo que sale a la luz pública, lo que deslumbra, lo que se ve y de lo que mayormente se habla. Eso es la exacerbación de lo individual que pugna incesantemente por sobresalir sobre lo público. Lo público es lo discreto y lo sencillo, lo que apenas se ve y lo que no pide recompensa ni votos, porque la recompensa ya está en la misma trascendencia humana que el acceso a lo público significa.
¿Queda algo de ese sentido de lo público en los ciudadanos de Logroño?, ¿queda alguna esperanza de armonía pública en las obras y en la vida de Logroño?. Si algo quedaba se lo están cargando con rapidez los políticos demócratas: porque un político demócrata, por definición, es aquel que se aupa sobre la suma de los votos individuales; un político demócrata es el representante de la anulación de lo público en cada ciudadano. Y así, nuestros políticos demócratas y los ciudadanos votantes, en vez de promover lo público, promueven más ordenanzas, más policías y más proyectos caros con chismes técnicos de toda índole, acabando una y otra vez con el verdadero sentido de lo público.