martes, 9 de enero de 2007

LAMENTOS SOBRE LA CIUDAD


(Este es uno de mis primeros artículos publicados, en el que utilicé las citas de un viejo “paso de cebra” (rev. Cuadernos de Arquitectura) de Margarit y Buxadé; apareció en una revista efímera llamada LOGROÑO CIUDAD, allá por septiembre de 1985)


“Lloro por mi ciudad, cada día más lejana”
Kiu Yuan. Lamentación sobre la capital. s IV a C

Supone el abate Gravina que lloramos por aquello que perdimos. Edgar Allan Poe discrepa de esta opinión y dice que si cedemos al influjo de las lágrimas es por esa petulante e impaciente tristeza de no poder alcanzar ahora, completamente, de una vez y para siempre, esas divinas y arrebatadoras alegrías, de las cuales alcanzamos visiones tan breves como imprecisas (E.A.Poe, Ensayos y Escritos). Por lo que a mí respecta creo que ambos llevan razón: por lo general siempre sobran razones para llorar. Si he mencionado sólo estas dos es porque me van a ilustrar perfectamente otros dos generalizados lamentos sobre la ciudad.
El primero de ellos es el de quienes perdieron su ciudad. En algún tiempo, por tanto, la tuvieron. Nacieron en ella, lo cual, hoy en día, no es poco. Tuvieron en su calle vecinos y amigos. Encontraron lugares singulares e incluso les pusieron nombre (¿os acordais, Juancho, Urbiola y Neira, de vuestra esquina de las despedidas?). Algún callejón fue el escenario de una inolvidable pelea contra los del otro colegio; algún banco del paseo escuchó su primera declaración de amor. Siempre había una tapia que saltar, un terraplén donde deslizarse, un agujero donde esconderse. Admiraban las grandes calles por donde pasaban desfiles y procesiones; jugaron bajo las estatuas de próceres y reyes. Conocían las casas por los nombres de quienes las habitaban y sabían bien cuándo maduraban los higos de aquella higuera cuyas ramas desbordaban el patio. Había una pared en la que jugar a pelota y, poco más allá, un café en el que soñaban entrar cuando fueran mayores. Todo desapareció: los amigos se mudaron de barrio y el Ayuntamiento cambió los bancos del paseo; fríos monolitos o artísticas esculturas sustituyeron a las estatuas, y el desfile de automóviles sustituyó a las procesiones; tiraron la casa, cayó la tapia, murió la higuera y cerraron el café. ¿Cómo no llorar?. La ciudad había huido.
En otro tiempo huían los hombres y Kavafis les advirtió:

No hay tierra nueva ni mar nuevo
pues la ciudad te seguirá
por las mismas calles andarás interminablemente
los mismos suburbios van de la juventud a la vejez
y en la misma casa acabarás lleno de canas
...............................................................

Ah! ¿No comprendes que al arruinar tu vida entera
en este sitio, la has malogrado
en cualquier parte del mundo?


Eran otros tiempos. Aunque en vano –según Kavafis– los hombres aún podían huir de su ciudad. Pero ¿qué hacer si lo que huye es la propia ciudad?
El segundo de los lamentos es cada vez más frecuente. Es el de los que nunca tuvimos ciudad. Nacimos en cualquier parte, por cualquier casualidad. Mudanza tras mudanza fuimos dejando los pocos vecinos y amigos que conocimos. Para nosotros todas las calles eran iguales en todas partes (¡incluso tenían los mismos nombres: General Mola, Calvo Sotelo, Avenida del Generalísimo...!). Todas las calles eran iguales y todas las ciudades indiferentes. Las casas no tenían nombres y a fuerza de deambular ignoramos los paseos. Siempre temíamos que alguien nos preguntara de dónde éramos; casi siempre teníamos envidia de aquellos que eran de alguna parte, y oscuramente, siempre tuvimos el deseo de tener una ciudad, de ser de una ciudad. Pero nuestra ciudad siempre huía: una y otra vez nos establecíamos y una y otra vez abandonábamos; siempre creíamos que la ciudad en la que estábamos iba a ser la definitiva, y siempre cambiábamos. Cuando la creíamos poseer, de nuevo se nos escapaba.
Quienes tuvieron ciudad y la perdieron o quienes por tener muchas no tuvimos ninguna, sin lágrimas ya que llorar, repetimos viejos versos:

Me preguntais por qué vivo en las montañas
Yo sonrío callando, cerrado el corazón.
Li Po, s. VIII d C