lunes, 22 de enero de 2007

HUECOS URBANOS


(Publicado en un suplemento festivo de La Rioja del Lunes, el 18 de septiembre de 1989)

Hace unos años vino Tamames a Logroño y dijo que había que volver a poner murallas a la ciudad y dedicarse a acabarla por dentro. Pena de hombre éste, siempre a destiempo: cuando había que parecer de derechas se hizo comunista, y ahora que hay que ser comunista, como nunca, va y se hace de derechas... . En fin, en Logroño le creímos a pies juntillas, pues los provincianos solemos ir también siempre a destiempo, y ni cortos ni perezosos cerramos la ciudad con alguna línea legal y nos liamos a echar árboles y hormigón en el primer hueco urbano que nos pilló a mano (pobres de los yermos de las Chiribitas). A las instituciones les cuesta coger una idea, pero cuando la cogen ya no hay quien les pare. Hoy en día es difícil encontrar un agujero en esta ciudad.
Las máquinas excavadoras están ya junto al Ebro, dando formas a ese impresionante abismo, a ese peligroso y olvidado hueco que existía entre la ciudad y su río. En estos instantes, los arquitectos concursantes andan proyectando palacios autonómicos para ese mágico solar de Lobete que al comienzo de otoño se llena de tomates y pimientos, y en el que este verano unos cuantos chavales jugaban nada más y nada menos que ¡al beisbol! (ya decía yo que era mágico...). Hace pocos meses, los defensores del patrimonio sacaron un manifiesto para impedir el derribo de la “Bene”, pienso yo ahora si sería no tanto por salvar ese mediocre edificio cuanto por un oculto temor al posible gran hueco urbano que allí se iba a producir. Los socialistas, desde que su jefe local se empeñó, andan erre que erre metiendo edificios (cuanto más postmodernos mejor) en los numerosos huequecillos que la muerte del Casco Viejo va generando. Y para concluir este rápido repaso de huecos urbanos de Logroño, el más maravilloso de todos los huecos, ese que se llenaba en las fiestas de norias, tiovivos y tómbolas, el hueco de las Gaunas, se lo está llevando poco a poco el diablo de una municipalidad pesetera donde las haya.
Como no se han hecho más murallas que las legales, nuevos huecos se abren en la periferia de la ciudad; son los huecos del crecimiento, pero no son interesantes. Que el presunto caos entre a la ciudad por sus bordes es lo lógico y aburrido, pero que aparezca de pronto en su interior como un enorme roto urbano, eso es lo verdaderamente prodigioso. Sabemos que esos vacíos tienen escasa duración pero que permanecen mucho tiempo en nuestro recuerdo: “Lo roto hunde sus raíces más profundamente en la memoria que lo completo; lo roto tiene como una superficie rugosa a la que nuestra memoria se agarra; en la superficie lisa de lo completo, la memoria resbala...” (luego diré de quién es la cita). Hay más infancias en Logroño unidas al viejo hueco de la actual Glorieta del Doctor Zubía, al inmenso vacío que dejaron las vías del ferrocarril cuando se fueron de la actual Gran Vía, o al extraordinario cuadrado que produjo la demolición del Cuartel de Caballería, que a todas las urbanizadas calles y al Espolón juntos.
Y no sólo los recuerdos, también los proyectos y sueños de prohombres, políticos y jubilados aburridos se quedan así mismo atrapados en la memoria de los huecos urbanos, que deberían haber sido empleados de la manera que ellos lo imaginaron y no como acabaron siendo.
Los huecos urbanos son como insondables agujeros negros de la ciudad que engullen nuestros recuerdos y nuestros proyectos. Cercanos abismos en los que nos da miedo entrar, pero en los que no podemos dejar de pensar. Y cuando entramos (¡ay!), lo hacemos armados hasta los dientes con palas, grúas, compresores y excavadoras, para acabar con ellos, para destruirlos.Wim Wenders, autor de “Paris, Texas”, “Cielo sobre Berlín” y otras películas de la máxima recomendación, un hombre de los de a tiempo, decía, además de la cita anterior, que cree que no habrá nadie capaz de hacer entender a un ayuntamiento que, desde el punto de vista urbanístico, las partes más bonitas de una ciudad, son precisamente aquellas en las que nadie ha hecho nada. “Por definición -continúa-, la ciudad exige que se haga algo en esas zonas. Y esa es su tragedia”. (rev. Quaderns de Arquitectura nº 177, págs. 57 y 52)