martes, 16 de enero de 2007

CARRIL BICI


(Publicado en La Rioja del Lunes en marzo de 1992)

El dinero va al poder como las moscas a la miel. Ya sea pez gordo o banco de sardinas, el dinero necesita espacio generoso para fluir y el poder, como es sabido, es manga ancha.
La recíproca es cierta cuando el gobernante es malo. La diferencia entre el buen gobernante y el malo es la avidez de dinero que presenta este último. El buen alcalde administra lo que tiene. El mal alcalde cree que el éxito de su gestión depende de la cantidad de dinero que mueva.
Así las cosas, el Ayuntamiento de esta ciudad es como una enorme ballena (mirénle si no la fachada: grandes dientes/ballenas verticales y una puerta/garganta chiquitita) que no cesa de tragar sardinas. En los últimos meses las noticias más relevantes que ha producido han sido las de sus nuevas capturas: impuesto de actividades económicas y terrazas de los bares. Aunque a veces, más que como una ballena actúa como el lobo salvaje, que de una tacada quiere asegurarse el sustento para todo el invierno: subastas de solares (disparando los precios del suelo, dicho sea de paso), concesión de Hipermercado, proyectos de galerías comerciales, etc.
Lo que ocurre luego es que a los malos gobernantes las indigestiones de dinero les producen pesadillas faraónicas: Trenes de Alta Velocidad, Olimpiadas, Capitales Culturales, Exposiciones Universales o Parques de las Naciones; obras tan grandes que siempre cuestan miles de millones más de lo presupuestado, de manera que las deudas que con ellas se contraen generan nuevas pesadillas.
A su escala, Logroño ciudad tiene varias, a saber, el interminable Parque del Ebro, el pozo sin fondo llamado Casco Antiguo, los scalextric de la circunvalación, las macropiscinas de Las Norias, el nuevo Campo de Fútbol, el Polideportivo, la Universidad, los adoquinados de las plazas o el Edificio Multiconsejerías. (Si este rotativo tiene a bien seguir acogiendo mi opinión prometo contarles, además, que las obras faraónicas del dinero y del poder sólo crean espacios torpes, fríos, sucios, duros y carentes de vida.)
A lo que vamos: si Vds. recuerdan, el triunvirato Sainz-Salarrullana-Alvarez (PSOE-CDS-IU) prometió en su campaña electoral, cada uno por su cuenta, el carril bici. La prensa gráfica llegó a publicar entonces una fotografía que hoy se podría titular muy bien “cinismo”: el alcalde con su secretario personal circulando en bici por la ciudad en compañía de sus hijos.
Mas, a la vista de ese modo de gobernar de Sainz-Salarrullana-Alvarez es fácil que cuando piensen en el carril bici se imaginen pasos a distintos niveles, asfaltos de colores, bordillos especiales, semáforos individualizados, señales de tráfico (muuuchas señales de tráfico) etc. etc. O sea, dinero. Dinero. Muuucho dinero. Y claro, empeñados como están en pagar las obras faraónicas del pasado, del presente y del futuro, no llega. Imposible. Hacer el carril bici en Logroño, dicen ahora, sería un lujo.
Curioso lujo, sí, el de los chinos. El de no contaminar, no gastar combustible, no hacer ruido, no provocar accidentes mortales, tomar el aire, saludar al que pasa, llegar antes y no ocupar apenas espacio en la calle.
Pues bien, lo que aquí se quiere decir con todo esto del dinero y del mal gobernar es que el carril bici que demanda la bici y que es coherente con el espíritu de la bici, no es el de los asfaltos de colores y de los semáforos ortopédicos sino el de una simple rayita blanca que de tanto en tanto insinúe protección y esté regulada por una simple ordenanza municipal. Y como complemento, un cursillito a los policías locales para que protejan a los ciclistas en vez de perseguirlos (de mi experiencia como ciclista en Logroño les contaré una jugosa anécdota: en cierta ocasión un policía me echó la bronca y me hizo bajar de la bici por transitar por la acera desierta del puente de piedra; inútil explicarle que lo hacía para no entorpecer el tráfico de vehículos de una calzada en la que, por caber sólo un coche, los automóviles tendrían que adecuar su velocidad a la de mi bici al no poderme adelantar; inútil explicarle que en Europa las aceras desiertas se usan como carril bici). A eso me refiero con lo del cursillito.
Por otro lado, la introducción de la bicicleta en la ciudad es un argumento excelente par peatonalizar calles. Recientemente se ha explicado cómo Estrasburgo o Munich han podido cerrar al tráfico sus centros gracias al generalizado uso de las bicicletas. Y aún más: el carril bici es también una extraordinaria disculpa para reconvertir las calles acabando con su uso prioritario como aparcamientos. Aunque aquí, claro, chocaremos bien con Salarrullana y su asesor Dorado que aún van en dirección contraria intentando sacar más rendimiento a las calles como garajes, o bien con el triunvirato en pleno, que están convirtiendo todo el aparcamiento en superficie de Logroño en otro pingüe negocio municipal con las zonas azules.
La rayita de pintura, la ordenanza, el cursillo a los policías municipales, la peatonalización de calles y la eliminación de algunas bandas de aparcamientos no cuesta más de cuatro perras. El carril bici, por tanto, no es un lujo.
Lo que sí parece ser un lujo para esta ciudad es tener unos gobernantes bien distintos de Sainz, Salarrullana y Alvarez. Unos gobernantes con más imaginación y menos afición a mover el dinero.