miércoles, 17 de enero de 2007

CIUDAD Y CASCO ANTIGUO: SIETE NOTAS


(Publicado en el nº 4 de la revista Logroño-Ciudad, enero 1986)
“La dialéctica es la tentativa por ver lo nuevo en lo antiguo en lugar de ver solamente lo antiguo en lo nuevo.”
T.W. Adorno, Sobre la metacrítica de la teoría del conocimiento.


1. La ciudad es un soporte vivo de vida social, un marco estable de relaciones humanas. Soporte, marco, son palabras que denotan quietud, estabilidad, seguridad, posibilidad de entendimiento.
Es difícil admitir, sin embargo, que mientras las sociedades evolucionan, las ciudades tengan que permanecer fijas, estables. Parece más lógico pensar que las ciudades también deben evolucionar. Se establece así una dialéctica sociedad-ciudad a lo largo de la historia en la que ambos polos, como en todo término que se dialectiza (Bachelard), son polos variables, móviles, evolutivos.
Choca ello con la definición de la ciudad como soporte fijo, como marco estable. Para soslayarlo, los análisis teóricos de la ciudad han tendido con frecuencia a diferenciar entre elementos estables y elementos efímeros, han buscado puntos de referencia permanentes que compensaran la mutabilidad de los restantes.
Los monumentos, por ejemplo, han sido para ciertos analistas los hitos que estabilizan la ciudad. Al estar en la memoria de todos los ciudadanos, al tener vox populi (no especializada o de expertos), por las causas o motivos que fueren el carácter de monumentos (no siempre su belleza arquitectónica), se constituyen en nodos o puntos estables sobre los que gira el resto de la ciudad.
Otros teóricos, más incisivos y sagaces, buscan las permanencias de la ciudad en otros caracteres menos espectaculares que los monumentos, y descubren así las tramas urbanas o las tipologías arquitectónicas. El trazado viario –llamado en términos especializados y cursis “morfología urbana”– aparece como referente fijo por su condición única e irrepetible en cuanto ligado a un lugar concreto, a una geografía determinada y a una biografía única. Las tipologías arquitectónicas, esto es, las plantas habituales de las casas definidas a partir de sus relaciones con el viario y con el parcelario, son referencias más abstractas pero permanentes también porque se repiten a lo largo de los siglos a pesar de los sucesivos derribos o cambios de estilo a que obligan los cambios en las construcciones o las convenciones sociales.
Así pues, no sólo los monumentos sino también el parcelario, la trama viaria y las tipologías arquitectónicas van a ser los elementos que garanticen la definición de la ciudad como soporte fijo, como marco estable.

2. Asistimos en los últimos años al espectáculo, a veces cómico, a veces trágico, del intento de recuperación de la ciudad histórica. Sin lugar a dudas, está motivado por esa molesta sensación, por esa desazonadora inquietud que nos causa la percepción de que nuestra actual ciudad (como marco, como soporte) se mueve como sacudida por un permanente e imparable terremoto.
Buscar raíces (cimientos) en donde agarrarse, atar amarras, salvar los tesoros familiares o patrimoniales, salir corriendo al campo o al pueblo el fin de semana (donde uno se cree que todo es como antes), erigir nuevos templos para calmar a Saturno o, al menos para tratar de engañarle (edificios modernos-antiguos, restauraciones, rehabilitaciones, recuperaciones), vestirse de lagarterana, fundir nuevas viejas campanas, volver a hacer botijos y calceta; todo vale. Para bien de la farsa, de la comedia o de la tragedia, todo vale.

3. La alteración de la tradicional estabilidad de la ciudad se empezó a producir a mediados del siglo pasado gracias al mecanismo de crecimiento denominado comúnmente “ciudad liberal”. Según dicho mecanismo, la calle y la parcela se independizan de las tipologías y se asocian al dinero, esto es, a unas rentas diferenciales que marcarán de ahora en adelante su destino: todo tiene un precio. El “ensanche” es el prototipo de este modelo urbano: una trama abstracta en la que el juego económico encuentre las menores dificultades de movimiento.
A pesar de las transformaciones que las administraciones públicas han ido introduciendo en el citado mecanismo: ciudad postliberal, ciudad postliberal corregida, ciudad postliberal recorregida (vease Benévolo, La ciudad y el arquitecto, ed. Paidos Estética), el modelo liberal no sólo no se ha visto alterado sino incluso, en esencia, se ha afianzado: sólo los grupos de poder, sólo los detentadores del dinero son los que pueden intervenir en el campo de juego económico en que se ha convertido la ciudad.
Una propuesta global y alternativa al modelo de ciudad liberal surgida entre las dos grandes guerras, llamada “la ciudad moderna”, fue rápidamente aniquilada y deglutida por los agentes del modelo liberal, de manera que ciertos elementos de dicha propuesta tales como el bloque abierto o las circulaciones diferenciadas, perdidos sus contenidos revolucionarios, son hoy ya nuevos elementos de dislocación de la ciudad histórica en manos de tales agentes.

4. Es en la ciudad liberal y sucesivas cuando crece espectacularmente el interés por los monumentos. La mutabilidad de todos y cada uno de los elementos urbanos por motivos lucrativos, relanza la importancia de los monumentos históricos, no sólo como contrapunto formal de los desastres que luego han de venir, sino también como coartada para legitimar las fechorías propias del modelo.

5. Al igual que en el París que remodeló Haussmann, los cascos antiguos siguen siendo hoy en día los únicos reductos en los que el poder y el dinero (en el caso de París las fuerzas del orden burguesas) no pueden facilmente entrar. No sólo la estrechez de la trama viaria sino, sobre todo, la parcelación a escala humana, a escala de “casas”, se lo impiden.
De todos modos, nuestro Excmo. Ayuntamiento, con el apoyo logístico de la Autonomía y del IPPV, va a conseguir pronto entrar a saco y destrozar el de Logroño: disfrazados de rejas, balcones, ventanitas y parcelas torcidas, y amparados por el nombre de un arquitecto de postín, don Rafael Moneo, pretenden construir de un sólo golpe en su interior nada menos que 116 viviendas juntas. ¡Chapeau!.

6. Atentados y salvajadas al margen lo normal es que los agentes del dinero o del poder, incapaces de penetrar en el casco histórico, inventen otras estrategias: por ejemplo, declararlo todo él monumento. Se matan así dos pájaros de un tiro: 1) mediante unas complicadas y asfixiantes ordenanzas formalistas se le va quitando toda su vitalidad interna en materia de construcción; y 2) el tener un casco histórico monumental es el mejor justificante para que los agentes del modelo liberal puedan seguir haciendo de las suyas en el resto de la ciudad. Sólo es cuestión de escala. Listos que son ¿eh?

7. Por ello, y frente a todo ello, y a pesar de todo ello, propongo luchar por salvar los cascos antiguos (y el nuestro en particular). No porque sean bellos o porque sean históricos sino porque indican y expresan una posible transformación futura de toda la ciudad en la que malvivimos, porque representan el modelo alternativo a la ciudad liberal o postliberal de la burocracia y el dinero. Porque son, al fin, la ciudad como marco estable: pues sólo desde la permanencia de su trama, de sus tipologías arquitectónicas, de sus relaciones vecinales, desde la permanencia de sus monumentos (suyos propios y no del resto de la ciudad) y de sus usos habituales (Colegios de Arquitectos, Federaciones de Deporte, Parlamentos, Museos, Archivos, Bibliotecas ¡que se vayan a otra parte!, a su ciudad, si es que así puede llamársele), sólo desde estas permanencias, -digo-, será posible de nuevo la ciudad: los hombres seremos sustituidos por otros hombres, las casas sustituidas por otras casas, incluso los monumentos sustituidos por otros monumentos (¿no fueron acaso las actuales catedrales construidas sobre el solar de otras anteriores no menos hermosas?), pero la ciudad permanecerá. Y con ella la estabilidad, la seguridad, la posibilidad de entendimiento.