jueves, 8 de marzo de 2007

UN SILO MUY CURSI EN SANTANDER







(Escrito por encargo para El País en el verano de 1991, no encontró acogida ni en sus páginas ni en ningún otro de los medios a los que fue remitido.)

Polemizar es una tontería. Yo no estoy interesado en polemizar. De ninguna manera. Por mucha que sea la razón que pueda llegar a tener, el polemismo me resulta penoso. A ellos es a los que les interesa la polémica. Sí, ellos se sienten importantes cuando los periodistas redactan titulares como “proyecto polémico” o “polémico edificio” y publican fotos y fotos de sus obras, porque entonces es señal de que han llamado su atención. La polémica es lo que les da notoriedad, así que los arquitectos proyectan para la polémica. Están interesadísimos en la polémica porque así sus nombres de arquitectos se repiten muchas veces en sus escritos y se aseguran un puesto en la historia. Pero yo no les voy a dar polémica, porque la polémica no me interesa en absoluto.
Mi ambiciosa intención, como constructor, es levantar un muro, un sólido, sobrio y resistente dique que detenga las turbias aguas de la arquitectura de este siglo. Pues sólo cuando las revueltas aguas de la arquitectura se calmen, empezarán a hacerse transparentes e incluso potables, y serán útiles y podremos beber de ellas. Porque mientras tanto, mientras bajan como bajan, atropellada y alocadamente, destrozando la ciudad, arrasando sus calles y desolando sus plazas, los únicos que hacen el agosto son esos siniestros pescadores de un puesto en la historia.
Un caso es que en Santander, a donde en breve acudirán cientos de periodistas e historiadores de todos los tipos, en un sitio a medio camino entre la ciudad y las playas, han construido una especie de silo muy cursi para juntar y divertir por la noche con más Cultura a todos esos historiadores que hablan y hablan durante el día. Y todas las revistas de España publican ahora fotografías del edificio, torpes reseñas, repugnantes alabanzas de acólitos y admiradores y entrevistas con el mismísimo arquitecto en el que una y otra vez menciona lo polémico que es su edificio haciendo así las mieles de quienes van a ir allí este verano a verlo y a sentarse en sus butacas por la noche. Pero lo cierto es que ese edificio es una birria, una birria monumental. Y eso es lo que voy a explicar. Y se lo voy a explicar desde este diario serio y de gran tirada que no necesita de las polémicas para venderse, para que vean que va en serio, para que vean que es preciso construir el dique del que les hablaba.
Cuando las aguas bajas turbias no son precisamente las gotas transparentes y cristalinas las que se ven, sino aquellas más negras y ponzoñosas. Pues bien, así ocurre con la arquitectura de este siglo: que es turbia y confusa y que para destacar en la corriente de este siglo es preciso contaminar más de lo normal. Y de este modo, los “mejores” arquitectos de este siglo, los más nombrados, los que más dicen saber, los que reciben los encargos más sobresalientes, los que ganan los concursos, no son en modo alguno los mejores arquitectos, sino los peores, los más detestables, los más dañinos para la ciudad.
Reconoceremos, sin embargo, que diseñar un “Palacio de Festivales” en un punto tan estratégico como es la rótula entre la Santander urbana y la Santander lúdica y suburbana, pero en un solar tan vulgar, entre medianeras y en una manzana informe, es un trabajo muy difícil. Visto así hay algo que falla en la propia propuesta del concurso: las pretensiones del edificio van en consonancia con su posición urbana pero están en contradicción con el solar y con las condiciones del lugar. Cualquier arquitecto que se interesara, no por sus posibilidades personales en el escalafón de la historia sino por la ciudad, se daría perfectamente cuenta de eso. Pero no, de los siete proyectos presentados al concurso, sólo uno que tenía unos dibujos muy pequeñitos se dió cuenta, pero no ganó. Un miembro del Jurado escribió a modo de elogio que tanto se había plegado ese proyecto a las condiciones del lugar que parecía un trabajo de orfebre, pero lo único que hizo fue descalificarlo porque la era de esplendor de los orfebres ya pasó y ahora quienes deben brillar son los arquitectos para la historia. Pero dejemos al perdedor.
La maqueta del ganador era terrible. Alrededor del palacio la ciudad estaba representada sólo con curvas de nivel y algún resto de calle, como si la ciudad no existiera, como si el edificio fuera a anularla completamente, como si después de los siglos la ciudad estuviera llamada a desaparecer y el imponente edificio del glorioso arquitecto fuera el único capaz de resistir el paso del tiempo. En compensación a tamaño insulto había en el proyecto del ganador un tembloroso dibujito en el que el palacio estaba a medio camino de las casas de la ciudad, y de las grúas y tinglados del puerto, y en el que el edificio parecía configurarse, tímidamente, como el enlace entre unas y otros, como una gran casa sin ventanas, o como un silo historiado, con un gran volumen envuelto en muros pero con cuatro torrecitas que hacían juego con cuatro chimeneas que hay junto al mar a las que se le daban en el dibujo mucha mayor importancia de lo que tienen en realidad. Pero todo era una engañufla porque luego, en la memoria, el arquitecto decía que había que crear “imágenes fuertes, porque vivimos en un mundo gris y sin formas”. No agua cristalina que mana de las fuentes, que para eso no hacen falta arquitectos y mercachifles, sino bebidas de “cola” y ron son las que tienen que beber nuestras gentes, parecía decir el arquitecto.
Luego, se ha construido el edificio y hay mucha más cola que ron: empalogoso y dulzón diríase que es el resultado si no fuera por la horrible perspectiva que ofrece desde los comienzos del Paseo de Pereda. Las fotos que publicaban los publicistas de las revistas daban la impresión de que el lenguaje de los ordenadores podía haber hechizado al arquitecto, y que éste había edificado uno de esos espacios que pueden visualizarse con los chismes esos y que ya algún comentarista serio ha calificado de pueriles. Pero cuando uno deja la zafia e informe calle en que acaba el Paseo de Pereda y sube la empinada escalera a la que falsamente llaman escalinata y se encuentra junto a todos esos palotes y colorines y trozos de columnas, remedos de capiteles y ventanalón simulando puerta egipcia, ya uno no se acuerda del ordenador sino que sólo siente que está ante una enorme barraca de feria, y es posible que su hija pequeña que va con él le pregunte si es aquí donde están los tiovivos. O si en la Avenida de María Cristina se para uno debajo de esa aparatosa y esperpéntica marquesina que no sabe ni siquiera encontrarse con la pendiente de la acera, quizás mire con envidia a la sencilla y humilde marquesina repintada de la parada del autobús que hay al otro lado de la calle, preguntándose a qué extraño mundo conducirán a uno, no los autobuses de enfrente, sino las puertas con ojos que se cierran bajo la nuestra.
Un exégeta del arquitecto dice en una relamida revista de diseño de publicación reciente, que tras las puertas está Epidauro. Si entramos al edificio por el lado del mar uno se lleva un gran susto porque entra al teatro justo de frente topándose con un graderío que le recuerda débilmente a Epidauro, sí, pero horriblemente encogido. No, esto no es el teatro –te dicen–, vaya por el pasillo, suba la escalera, continúe por otro pasillo y allí lo tendrá Vd. Hace uno eso pero el susto no es menor: allí está el inmenso graderío, ¡pero entre medianeras!, ¡y qué medianeras!, andamios parecen más bien, pues son pasillos protegidos por vallas de un vendedor italiano y remates azules de un decorador norteamericano; andamios que impidirán seguramente gozar de tranquilidad mientras se mira al escenario. Luego le explican, por si uno no se ha dado cuenta, que la gracia está en el techo por el que entra la luz, como en Epidauro. Y se queda mirando arriba con la boca abierta, porque ahora la vista se le enreda a uno, no en el cielo limpio y azul del Peloponeso, sino en un lío impresionante de hierros y láminas transparentes.
A Ignacio Paricio le debemos el que desvelase, a propósito de ciertos edificios recientes “high tech”, el creciente interés o necesidad, más publicitaria que arquitectónica, de presentarlos ante los “media” mediante el recurso de la “anécdota”. Esta vez, en el Palacio de Santander, la intensidad de la luz no se regulará mediante diafragmas automáticos como en el Centro Islámico de París, sino que moviendo el techo se podrá “afinar” la acústica de la sala –dicen a las gentes y a los periodistas. El más humilde músico (yo) sabe que la afinación no es eso, y cualquier experto en acústica sabe que la posibilidad de mover el techo es una enorme tontería si ante la presencia de las butacas y de los mencionados andamios, lo comparásemos con un techo convencional. Pero la “anécdota” ahí está, queda muy bonita, y así los políticos y los historiadores que allí se junten tienen algo enigmático que contar a sus mujeres; porque de lo que no saben ni pueden hablar es de la gigantesca Torre de Babel que la confusión de las lenguas arquitectónicas ha erigido en torno a ellos.
Los grandes arquitectos de nuestra época, los llamados a pasar a la historia, son los que más palabras saben de las lenguas muertas, los que más alfabetos conocen de lenguas lejanas y extrañas y los que más imaginación tienen para inventar verbos nuevos. Pero ni saben articular tanta palabrería en un nuevo lenguaje, ni quieren hablar el humilde y hermoso lenguaje de la vieja ciudad, el del modo intemporal de construir, el lenguaje “de los de abajo”; porque si se pusieran a hablarlo estarían haciendo ciudad y no entrarían en la historia. Por eso digo que los más nombrados arquitectos son, con mucho, los peores (los otros, los que les imitan, tan sólo son ridículos). Y que para pararles los pies, para que clarifiquen su verborrea, para impedir que sigan haciendo horribles monstruos en nuestros solares, no hay que entablar polémicas con ellos, sino que hay que salir de la turbia corriente y construir un gran dique de razón y sentido común que aquiete sus embravecidas aguas. Un dique para que toda esa chabacanería de afamados arquitectos e historiadores se vayan al fondo del lodazal y podamos vivir en la arquitectura y en la ciudad con el mismo goce y la misma plenitud de quien bebe, en este calusoro verano, agua critalina de las fuentes.


(Adenda: en el verano de 1999 envié a la sección Cartas al Director de El País esta breve nota referida al edificio en cuestión y a su funcionamiento, que tampoco fue publicada.)

PERIODISMO MUSICAL, MUSICA CELESTIAL

Yo no sé lo que les dan a los periodistas de música clásica, pero sus “críticas” de los conciertos suenan siempre a música celestial: ¡qué finura!, ¡qué elegancia!, ¡qué exquisitez de mundo!.
Como no suelo ir a los conciertos que ellos “critican” no sabía si decían la verdad o no, pero el otro día probé en uno, el Requiem de Verdi en Palacio de Congresos de Santander, y descubrí que a diferencia de lo que escribe Enrique Franco en su crítica de El País (lunes 30 de agosto), aquello de celestial no tenía nada. En efecto, la sensación de ridículo de estar en una sala que parece un trozo de plaza de toros enmarcada en una columnata de dibujos animados, y de ver a los músicos metidos en una caja de madera que tiene la forma de un televisor con la decoración de fondo de un armario empotrado, tuve que añadir mis ímprobos esfuerzos por tratar de oír a una orquesta y coro de más de doscientas almas cuyo sonido, previamente apagado por las pésimas condiciones acústicas de la sala, quedaba luego totalmente eclipsado con cada tos que salía de las cascadas gargantas de la mayoritaria tercera edad que componía el público.
Cierto que la Orquesta de Tenerife y el Coro de Bilbao lo hicieron bien, pero de ahí a salir embelesado va un abismo.
Lo dicho, yo quiero probar lo que les dan a esos periodistas, porque la música de los conciertos no me causa ese efecto.