martes, 20 de marzo de 2007

MORAL Y ARQUITECTURA/ David Watkin


(No sé para qué escribí este artículo si no tenía dónde publicarlo.)

La lectura del libro Moral y Arquitectura (David Watkin 1977) confirma plenamente la calificación de “pelea entre navajeros” que Azúa hiciera en El País Libros de 23 dic 1983, o más bien, como corregía después, un intento de golpear con raqueta y vestido de franela a la artillería de fabricación alemana.
Que las peleas académicas sean carne de editorial es un síntoma de la debilidad del sector: producción de libros para entretenimiento de aburridos profesores de Arte.
Uno coge cuatro o cinco pasajes de los más exagerados de un autor, los hila con otros cuatro o cinco pasajes subidos de tono de otro autor que sabe ideológicamente cercano al primero, y repite la operación unas cuantas veces. Se construye así un ovillo gordo y fácil de atacar. Dispara, ¡pum!; ¡hundido!. Y se queda tan feliz.
Luego los solapistas de las editoriales escriben “bomba retroactiva”, “valiente ensayo”, “juicio de Nuremberg a los pensadores académicos” que “mantiene al lector en vilo hasta el liberador desenlace”, etc. etc.; cuando bien sabíamos desde el principio cúal era el desenlace, cómo se había construido el objetivo a destruir y por tanto, el grado de “valentía” del autor.
Estrategia tan exitosa fue pronto sacada del ámbito académico, y cuatro años después, Tom Wolfe la emplearía para ridiculizar a los arquitectos de élite (precisamente a los que defiende Watkin), a los “creadores de imagen”, a los “creadores de estilo”, a los artistas de la arquitectura, a las individualidades internacionales, a las estrellas del firmamento de la edificación (¿Quién teme al Bauhaus feroz?, Anagrama).
Probablemente alguien escribirá después un libro para atacar la arquitectura como ejercicio individual y en su ovillo aparecerán cuatro o cinco frases del libro de Watkin. Luego, otro escritor se encargará de difamar a los escritores que van por el mundo en plan estrella gracias a sus ataques a los arquitectos estrella, y así sucesivamente.
Antiguamente un libro aspiraba a plasmar un sistema de pensamiento. Más tarde, uno se conformaba con exponer un “línea de pensamiento”, o a contribuir a ella. Ahora basta con tener un pensamiento para escribir un libro. Incluso, cuando el pensamiento es muy endeble, con plantear una estrategia vale.
Y para pensamiento torpe el de Watkin. La importancia del “zeitgeist” en la arquitectura no es una teoría ni una “línea de pensamiento” que vaya de Puguin a Pevsner; es una evidencia que no necesita demostración. Sólo un historiador del Arte es incapaz de entender que para la arquitectura, el zeitgeist, lejos de ser un estilo o un siroco embaucador de artistas débiles de carácter, como propone Watkin, representa y resume la multiplicidad de factores reales que influyen y determinan la construcción de un edificio: la personalidad del cliente, las condiciones del encargo, la propia formación del arquitecto, la participación de los colaboradores en el proyecto, el lugar, la precisión del proyecto, los medios técnicos y humanos para ejecutarlo, la organización de la obra, la burocracia controladora, etc. etc. etc.
Que Watkin ponga dentro de su diana el culto al proyecto (pág. 23) cuando éste y no otro es el único momento en el que el arquitecto irrumpe en el mundo de la creación de imágenes, demuestra el despiste del historiador.
La observación que Pevsner coloca al inicio del artículo atacado por Watkin (El retorno del historicismo, Estudios sobre Arte, Arquitectura y Diseño) es tan importante y peligrosa que Watkin la ignora, y el propio Pevsner, lamentablemente, olvida desarrollar. Dice así: “La relación entre el historiador de la Arquitectura y el arquitecto contemporáneo ha cambiado fundamentalmente en el siglo XX. En el siglo XIX, el arquitecto, con unas pocas y notables excepciones, era el “historiador arquitectónico”. Pevsner deriva luego el asunto hacia el arquitecto y su relación con la historia, pero no entra a hablar del historiador y su relación con la arquitectura.
Una pena, porque así Pevsner, como Watkin, como toda la Historia del Arte hasta la fecha, siguen incurriendo en el mismo error; una error tan abultado que hasta me da pudor decirlo: la relación del arquitecto con la arquitectura está a mil años luz de la relación del pintor con su cuadro, entre el escritor y su libro, entre el escultor y su escultura, o entre el compositor y su canción. Y la distancia entre el boceto o el proyecto del arquitecto y la ejecución del edificio es, no sólo de índole material, sino incluso temporal. La arquitectura no es otra cosa que la “organización de un proceso”. Christopher Alexander lo ha intentado explicar en El modo intemporal de construir pero nadie le ha hecho caso. La componente de “creación de imágenes” dentro de este proceso es colateral e incluso espúrea. Que toda la tinta que se gaste en hablar de arquitectura lo sea en buscar relaciones entre imágenes, o entre imágenes y Zeitgeist, revela el gravísimo problema que aqueja al entendimiento de la arquitectura como actividad vital y como fenómeno social.
Por poner un ejemplo, si los historiadores se preocupasen un poco más de seguir la pista de las visitas de representantes de materiales de construcción a los despachos de los arquitectos o a las constructoras, es posible que incluso en el acotado tema de la producción de imágenes se empezase a pensar de otro modo. Pero por ahora no parece que en Cambridge ni en ninguna Universidad del mundo, los señores profesores quieran mancharse los zapatos entrando en esos terrenos. Con lo bonito que es andar comparando fotos...