lunes, 12 de marzo de 2007

MEMORIAS BOHIGAS


(He aquí un par de artículos correspondientes a dos fases de la edición de las Memorias de Bohígas que El País me encargó a través de Tomás Delclós y que luego no quiso publicar.)

En la carrera por el primer puesto en el ranking de popularidad y aparición en los mass-media, la publicación de las Memorias de Oriol Bohígas puede representar un duro golpe para las aspiraciones de Saenz de Oíza. Incluso la dilatación de sus entregas, primero en catalán (Edicions 62), luego fragmentariamente en la revista del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos, y próximamente en español (Anagrama), demuestra la buena estrategia en marketing del catalán. Para no engrosar la lista de sus últimos y desdichados edificios (M-30, Santander, Alhóndiga de Bilbao) quieran los dioses que el contrataque del navarromesetario no se produzca en el terreno de la arquitectura.
Y es que, a diferencia de las ambiciones constructivas de los arquitectos, los escritos hacen mucho menos daño a la ciudadanía; sobre todo si en ellos no cuentan lo que saben. Averiguar pues el alcance de lo que en las Memorias se dice y descubrir lo que se oculta es aquí la labor del reseñista.
Lo primero que se observa al ojear el libro es que todo su contenido está desordenado. La tarea de poner orden a sus recuerdos es algo que Bohígas traslada al lector, quien, inconsciente desconocedor de la cultura del picoteo, se pregunta atónito: ¿y por qué no los ordena el autor? No se preocupe por tan poca cosa que le echo una mano. Los diecisite capítulos que pueden leerse en la publicación fragmentaria del Consejo Superior se podrían agrupar en tres bloques: recuerdos personales de la infancia (cinco), recuerdos personales de la Escuela (otros cinco) y artículos de arquitectura sazonados con toques personales (los siete restantes). Y en este enunciado ya se ha dicho todo: que justamente Bohígas aplica lo autobiográfico allí donde no tiene ningún interés hacerlo. Todos tenemos cerca un ancianito para que nos cuente las batallas de la guerra civil y de la postguerra; y sobre asuntos de la mili y de la Escuela estamos curados de espanto. Las Memorias de un arquitecto deberían tratar sobre el entramado interior del ejercicio profesional para ver si así logramos entender un poco esa enigmática profesión, pero no es el caso.
Puesto que unas Memorias que se precien tienen que hacer daño a alguien, que sea a los personajes más indefensos y miserables que encontró en su infancia, beatos y profesora de piano incluida. Del mundo de la Escuela de Arquitectura presenta, sin embargo, las dos caras: la de unos docentes malísimos, pero de muy buen corazón. Al esperado bloque de su vida profesional queda reservado lo que podemos encontrar en cualquier revista del ramo, es decir, el distante comentario del arquitecto intelectual.
¿Intelectual?, pero ¿cuál es el lado intelectual de Oriol Bohígas? En el año 1974 un empleado de la factoría MBM me contó que Bohígas tenía en el despacho a un obrero, por más señas de profesión teólogo, que leía para él. No busquen en las Memorias un dato tan revelador como éste porque no lo encontrarán. De saberlo, acaso nos preguntaríamos si además de leer, el oculto teólogo también escribe...
Otra observación: los diecisiete capítulos mencionados están escritos en el lapso de un año en Cadaqués, Barcelona, Madrid, México, Sofía, Buenos Aires, Palermo y Milán. Ya que la publicación que se reseña no es completa y que es de suponer que no haya escrito en todos sus desplazamientos, la profesión del autor, más que arquitecto o intelectual, bien podría ser la de viajante ¿no? Y habida cuenta de lo incómodos que son los viajes y que sólo viaja la gente que tiene poca imaginación (F. de Azúa, El aprendizaje de la decepción), es posible conjeturar que Bohígas tiene también empleado a alguien que viaja por él. Sobre todo, si después vemos en las revistas de arquitectura la ingente lista de casas, escuelas, y hasta portadas de libros que se le atribuyen cada año.
Hemos llegado a donde íbamos: Jujol, el profesor de Bohigas, era un arquitecto. Bohígas, sin embargo, es una firma. Y aquí hay que hacer caso a Gary Taylor (El País Temas, jueves 4 de agosto de 1988): “Nunca crea Vd. en las firmas”.


BOHIGAS: MEMORIAS, ARQUITECTURA, ESPECTACULO Y POLITICA

Ultimamente, poner los recuerdos personales al alcance de los demás tiene mucho más que ver con los negocios que con la generosidad. Escritores, editores y gentes famosas se han percatado que la soledad que aflige a las gentes de las ciudades modernas les empuja hacia las librerías en busca de “memorias”, “recuerdos”, “diarios” y “autobiografías” con que calmar su pena.
Perdido todo Norte teórico, los arquitectos sean, probablemente, uno de los profesionales modernos más aislados y desorientados. No será de extrañar, por tanto, que corran a las librerías en cuanto sepan que alguien les cuenta algún retazo de su experiencia.
Mas cuando enseñar es cuestión de negocio y no manifestación de amor, al lector de Memorias le pasará como al espectador del strip-tease, que saldrá peor que estaba y con cuatro mil pesetas menos en el bolsillo.
Y es que esperar que un negociante nos cuente sus secretos, su lado oculto, sus misterios e inquietudes reales, es más difícil que hacer pasar a un camello por el ojo de una aguja.
Sólo hay que observar la sagaz puesta al público del texto de Bohígas para darse cuenta de que estamos ante una buena operación comercial en toda regla: primero en catalán, después en edición abreviada y restringida del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos, ahora en español y con tapas duras; sólo falta ya, para dentro de un par de años, la edición en rústica.
Evidentemente las chicas del strip-tease no pueden ser gordas ni feas, y el escenario y la puesta en escena tienen que tener cierta categoría. Lo que va dentro del libro tiene “calidad”, muchos datos, buena prosa, algún chiste grosero, la despiadada ironía hacia algún personaje indefenso, muchos viajes, mucho mundo, muchos nombres de famosos, un toquecito de nostalgia de los duros años de la postguerra vividos al calorcito de la burguesía local, en fin, todos los ingredientes de un buen espectáculo. El libro de Bohígas también posee “anécdota” para que los espectadores tengan así algo fino que comentar: los recuerdos están tan revueltos como esos peinados despeinados que llevan las chicas en los últimos años.
Centrándonos en el autor, se podría decir que Oriol Bohígas, con la publicación de las Memorias a sus sesenta años, ha trazado una importante raya en su vida: cierra la carpeta de arquitectura (sin explicar un ápice los misterios de esta oscura profesión) y abre la del teatro, o sea, la de la política.
Su presentación en campaña para las municipales ha dejado al descubierto todas las carencias que ocultaban sus Memorias. Su eslogan electoral dice así: “Barcelona ya tiene infraestructuras, ahora es el momento de la cultura” (!). No es mala frase para un político y a buen seguro que con ello se lleva unos votos: ya teneis pan, ahora os traigo el circo. Pero, bien considerada, es una frase espantosa puesta en boca de un arquitecto que ha ocupado su vida diciendo pensar en la ciudad y desde una ciudad, Barcelona, para la que, desde I. Cerdá, el orden de sus infraestructuras es lo más sagrado de su cultura.

No hay comentarios: