domingo, 11 de marzo de 2007

EL PATIO DE MIL CASAS NO ES PARTICULAR












(Escrito en 1991, y remitido al igual que el artículo anterior a los medios de comunicación nacionales, sólo encontró publicación un año después en la revista Arquitectura, nº 291 como cartas al director, pero incluso, ¡con traducción al inglés!.)

Una definición urbana del automóvil privado podría ser la de “máquina para la creación de un no-lugar”; cuando está en movimiento quiebra la estaticidad esencial del espacio-lugar, y cuando está en reposo lo ocupa masivamente expulsando a quien se pudiera situar en él. Un afamado novelista checo explicó así la diferencia que existe entre un camino de personas y una carretera de coches: mientras el primero era un lugar, la segunda no (La inmortalidad, Milán Kundera).

Otro afamado, esta vez arquitecto y suizo-francés, llevado de su pasión por los automóviles privados, hace más de medio siglo denominó calles-corredor a los viejos espacios humanos de representación y comunicación vulgarmente conocidos como calles. Quiso así que desaparecieran de una manera efectiva y coherente: ya que los automóviles invadían la escena, las casas deberían marcharse a otra parte, por ejemplo, convirtiéndose en bloques en medio de verdes praderas. Un no-lugar, la carretera, generaba a su vez otros no-lugares, los bloques de viviendas (Le Corbusier, Principios del Urbanismo).

El mayor no-lugar de Madrid es, como se sabe, la M-30, un espacio por el que “pasan” a diario millares de seres humanos que van de una parte a otra sin estar entre tanto en ninguna. La pregunta es la siguiente: ¿es posible que ante un no-lugar de semejantes proporciones pueda surgir un lugar?

Cuando le dije al taxista “lléveme a la cárcel del pueblo” no dudó ni un instante, pero a cambio me respondió: “creo que por dentro está muy bien”. No era la primera vez que oía esa justificación para la atrocidad construida por un arquitecto profesor de arquitectos y que según leo en los periódicos, está dirigiendo este verano Seminarios de la Universidad sobre Arquitectura e Identidad Urbana. Con la opinión del taxista volvía la esperanza, aunque si se es prudente, ya se sabe, no hay que fiarse mucho de los taxistas.

Todo el mundo ha entendido que la espantosa fachada de las viviendas de promoción pública en la M-30 a las que me refiero, no es sólo una respuesta al horror de la inmensa autopista sino una especie de identificación o eco de ella, de manera que no podrían entenderse una sin la otra. Nadie se había atrevido todavía a pintar la carretera en la fachada, ni a que se vieran la caras tan expresamente. Ningún promotor privado lo hubiera hecho. Fíjense si no que los bloques de las inmobiliarias están mayormente colocados de forma perpendicular a la autopista, a la que sólo muestran una medianera, mientras que en sus fachadas tienen ventanas amplias y balcones como si los inquilinos pudieran ver o asomarse aún a algún lugar. Mas la ausencia de responsabilidades en la promoción pública y el desmedido protagonismo de un arquitecto nombrado e iluminado, lo han conseguido: y el resultado es que, queriéndolo o sin querer, al pintar la autopista en la fachada de las casas, le ha salido una cárcel, esto es, otro no-lugar. Hasta ahí, digo, todo el mundo lo ha entendido.

Lo que ya nadie ha explicado es que, puesto que el edificio se enrosca, además de gravísimos problemas de orientación en los que no vamos a entrar, sucede que lo que es respuesta a la M-30, es propuesta para las calles de veinte metros de ancho que surgen más allá de la autopista y que no tienen nada que ver con ella, pues son calles por las que todavía anda la gente y a las que abren sus ventanas y balcones otros edificios.

Las no-ventanas de la no-fachada se ven tan de cerca desde las ventanas de la casa de enfrente o desde las aceras de la calle llamada macabramente “Félix Rodríguez de la Fuente”, que uno se queda ciertamente sobrecogido: hay en muchas de ellas unas rejas similares a las de las prisiones, sobre las que los inquilinos ponen cartones o trapos que traen a la memoria los sórdidos bloques del Bronx o los de los guetos de la zona sur de Chicago.

Horrorizado con el espectáculo el visitante busca la boca de ese espacio feliz que le habían prometido y mientras sortea los coches que le han puesto al paso justo en la misma entrada del patio, recuerda, si ha visto antes el proyecto, que todas las puertas del edificio abrían precisamente a los no-lugares exteriores y no al espacio interior. Sorprende que un edificio tan “comunitario” se estructure mediante múltiples accesos convencionales de cajas de escalera de a dos puertas por rellano; pero la sorpresa se torna en alarma cuando constatamos que ciertamente las puertas de las casas, focos de vida y de relación entre lo público y lo privado, entre lo individual y lo comunitario, no dan al prometido lugar interior sino al inhóspito exterior. Y esa observación le va a evitar la terrible decepción que le espera.

A pocos meses de su inauguración, el patio interior está horriblemente degradado, sucio y lleno de basuras. Apenas hay nadie en él, pero a cambio se oyen claramente los gritos y risas que salen de las casas; y se sienten también, como pinchazos, las miles de miradas que desde las ocultas terrazas se dirigen al visitante. ¿Qué pasa aquí?, qué sensación más extraña ¿no?. Uno se siente solo y furtivo y mira al suelo. Está lleno de desperdicios de toda clase. A finales de junio de 1991 las plantas están ya agostadas, los abetos secos, el mobiliario sucio, roto o despintado. Un montón de hierros retorcidos procedentes de sus falsos techos yacen en los otros pasadizos de entrada al patio. Los aparcamientos del semisótano están vacíos pues sus rampas de acceso los taponan decenas de destrozados carros de la compra de un hipermercado cercano. Los respiraderos del aparcamiento son blanco de latas, zapatos viejos, cartones o lo que se tercie, lanzados desde las casas.

Levantamos entonces la vista del suelo y miramos a las casas buscando a los culpables, a esos a los que el arquitecto les recriminaba en una inolvidable entrevista de un telediario de Jesús Hermida, que lo que tenían que hacer para entender su edificio era estudiar arquitectura. Les oímos, sentimos sus miradas, pero ¡diablos!, no se les ve; no hay manera de verlos porque, en efecto, están perfectamente camuflados tras las pintarrajeadas fachadas del patio. Si las fachadas eran en el exterior el reflejo y extensión de la inhumana autopista, aquí en el patio, las fachadas son como gigantescas máscaras de colores chillones que ocultan siniestramente al vecindario.

Pero aún se les oye. Se les oye muy bien desde el patio. Y reconocemos su acento. Pobre gente, pensamos ¿qué hacen ahí dentro, con todas las televisiones conectadas a los programas basura de tele cinco?; pero.. .¿no son esas voces las mismas de quienes construyen hermosísimos pueblos de rica volumetría blanqueados casa a casa cada primavera?; ¿es esa gente la que tiene que estudiar arquitectura?; ¿no son acaso de ese pueblo que cada mañana sale a barrer y a regar su trozo de calle, que adorna sus balcones con flores y que saca un banco junto a la puerta de su casa para sentarse a charlar con el que pasa? Pero si son de esa tierra bendita que de la pobreza ha sabido extraer belleza y limpieza. ¿Qué hacen ahí metidos entre la fachada de la autopista y la fachada de la máscara con el coche en la puerta?

No, estas viviendas tenían que haberse destinado a gentes sin iniciativa propia, por ejemplo a funcionarios o sindicatos. A gentes domesticadas y sin imaginación y un pelín leídos, para que encima presumiesen ante sus amistades de vivir en el edificio de un arquitecto por el que, según se dijo en aquella entrevista, se habían interesado muchas revistas internacionales. Brigadas de otros funcionarios arreglarían cada año los naturales desperfectos y repintarían las fachadas, y todo estaría siempre como el primer día. O no, aún mejor, tendrían que haber sido destinadas a arquitectos: para que aprendiesen la arquitectura del maestro “in situ”, sin moverse de casa. Para que respirasen la Arquitectura desde la misma hora en que se levantan.

Pero no para personas que aún tienen imaginación, creatividad y energías propias, porque lo único que puede ocurrir y ha ocurrido es que se encierren ante el televisor, y de las heridas de su creatividad castrada supuren basuras y más basuras al particular patio del glorioso arquitecto.