miércoles, 28 de febrero de 2007

RAFAEL MONEO Y EL AYUNTAMIENTO DE LOGROÑO


(Fragmento de una carta fechada el 20 de nov. de 1991 a Luis Fernández Galiano, quien se había interesado por mis escritos; el texto que sigue y un encuentro personal posterior le disuadió para siempre de incorporarme a su camarilla. Sobre el Ayuntamiento de Logroño escribí tiempo después el artículo "Un edificio abstracto" que puede leerse en mi otro libro El retablo de ambasaguas.)

El vínculo que me une a Rafael Moneo y a su edificio del Ayuntamiento de Logroño es tan personal que escribir sobre ellos tienen para mí algo de exorcismo.
Tuve la suerte (o desdicha) de conocer a Rafael Moneo en su primer año de clases como catedrático en Barcelona. Si mis cuentas no me fallan creo que fue en el curso 1971-72, es decir, en el momento en que, después de haber preparado y luchado por la cátedra a brazo partido contra un catalán, vino a Barcelona a demostrar quién era él.
Las clases de aquel curso de Elementos de Composición las recuerdo, veinte años después, como si hubieran sucedido ayer. Porque no eran exactamente “clases”; eran auténticas “celebraciones de la Arquitectura”. Moneo, cual sumo sacerdote de la tribu, entraba en trance nada más aparecía en pantalla un edificio de Palladio o un detalle de Voysey; e iniciaba un compendio de gestos cargados de paroxismo: torcía la voz, se mesaba los cabellos, amagaba con quitarse la cazadora de cuero hasta más de veinte veces antes de quitársela definitivamente, se subía y bajaba las gafas, agitaba los brazos y daba vueltas y vueltas sobre la tarima. Las ceremonias duraban dos horas ininterrumpidas y a veces, incluso, ni el aviso del bedel conseguía arrancarle de su exaltación, por lo que el amable profesor de construcción que venía después (un tal Zaragoza) llegó a ver invadido su tiempo de clase en no pocas ocasiones.
Aún recuerdo las airadas protestas de muchos de los alumnos que decían no entender nada. También recuerdo la sumisión de los diáconos al gran brujo; no daban mayor explicación a los desorientados alumnos sino que les decían: “creed en él”. Elías Torres era, por aquel entonces, uno de aquellos adjuntos que mediaba así entre el maestro y sus discípulos.
Ni que decir tiene que yo me entregué a la secta en cuerpo y alma.
Luego vinieron los años de intensas lecturas y peregrinaciones. Imposible relatarlas todas. Eso sí, la visita a Tudela a ver la tienda de Gallego o el Centro Escolar, nadie podrá olvidarla pues era para el fiel discípulo algo así como beber el agua de los santos lugares por los que había pasado el predicador.
Pero para ahondar si cabe aún más en lo personal, le contaré que mediados mis “estudios” de arquitecto, tuve la noticia de que el profeta iba a construir su primer gran encargo justo debajo de la ventana de mi casa en Logroño. No cabía yo de gozo, así que cuando llegaron los primeros planos me pasé varios días olisqueándolos en su extraña escala a 1/40 e intentando desentrañar “la verdad” que –estaba completamente seguro– contendrían. No conseguí, bien es cierto, encontrar la “verdad”, pero aún con todo, y como fiel creyente, pensé que se trataba de un edificio maravilloso. Inicialmente hubo cierta oposición al edificio en la ciudad: derroche, fantasmada, etc. decían las Asociaciones de Vecinos, pero a mí me sonaban como las voces de los infieles, de los incultos, de los ignorantes.
Sobre el papel aún creí en él, pero cuando por fin se construyó y se inauguró, me caí del caballo: el parto del profeta era un monstruo. Un enorme cetáceo, una ballena con una bocaza enorme abierta a la ciudad y un gaznate para sardinas. Una trasera sórdida hasta más no poder con una chimenea para las ventosidades. Un insulto a la piedra de Salamanca, una mofa de las limpias construcciones de hormigón armado de los pioneros americanos, una ridícula trasposición, perdida de escala, de los logros y de la discreción de Asplund y Jacobsen en la arquitectura pública, una burla de Terragni, de Le Corbusier, de Wright y de todos aquellos creadores a los que citaba en su edificio por pura y simple pedantería porque ¿hay algo más pedante que usar la arquitectura para citar?
Pero sobre todo y más allá del edificio, lo que más repugnancia me produjo del nuevo Ayuntamiento eran las interpretaciones de su arquitecto con respecto al resto de la ciudad. Esta misma semana el boletín del Ayuntamiento de Logroño publica a modo de guinda una cita extraída de una de las innumerables entrevistas que el gurú concede a los periodistas ignorantes, en la que dice que “aún quedan ciudades como Logroño que han sabido conservar su estética” (!!!). Cuando Moneo proyecto su Ayuntamiento se debió creer Brunelleschi pues seguro que había leído a Tafuri, quien escribió: “Una de las más elevadas lecciones del humanismo brunelleschiano es su nueva consideración de la ciudad preexistente como estructura lábil y disponible, dispuesta a cambiar su significado global una vez alterado el equilibrio de la narración continua románico-gótica con la introducción de compactos objetos arquitectónicos” (Teorías e Historia de la Arquitectura, pág. 35). El ridículo y pretencioso texto con el que el hoy Papa de la Arquitectura presentó su proyecto negaba, sin embargo, la evidencia de sus elevadas pretensiones, vaciando las palabras de sentido y aumentando la ceremonia de la confusión: “La dignidad -dice Moneo- debe proporcionarla su relación con la ciudad, y cuanto más el edificio tenga sentido desde ella tanto más dejará de ser un objeto, para pasar a ser pieza clave de ella, un auténtico monumento” (!!!) (rev. Arquitectura nº 236, pág. 20). ¡Y yo su arquitecto!, le faltó decir.
Viendo la cara de bobos que se les pone a mis amigos arquitectos que cuando visitan Logroño me piden que les enseñe el célebre edificio; cruzando cada día la inhóspita plaza, deforme, enorme y triangular, peor que kafkiana (pues ni siquiera admite su solicitada balaustrada); cobijándome de la lluvia mientras espero la salida de las hijas del colegio bajo el auditorium, en ese lugar tan digno (?) que Moneo dijo crear para evitar las marquesinas (?) (op. cit. pág. 22); entrando o saliendo del interior del edificio por esos meaderos nocturnos tan hábilmente dispuestos; cruzando sus angostas puertas o subiendo por las oscuras escaleras para ciudadanos de a un tramo y superpuestas (?); intentando adivinar por qué balcón saldrá este año el alcalde para tirar el cohete festero; o en fin, mirando día tras día el contraste entre sus “monumentales” fachadas perdidas de escala en el escenario de la ciudad de las inmobiliarias; ante todo ello, digo, no me ha quedado un ápice de mi inicial devoción a la divinidad del brujo, he aprendido poco a poco lo que no debe ser la Arquitectura, y me he avergonzado de mi maestro para siempre jamás.