lunes, 26 de febrero de 2007

ANGUCIANA CAPITAL PERU



(Ayudado por mi vinculación familiar al edificio, el castillo de Anguciana me sirve como pretexto para leer la arquitectura histórica de un modo completamente distinto a como es habitual. El artículo apareció en el número 1 de la revista etnográfica Piedra del Rayo.)

Estoy convencido de que la mirada del turista es la mirada del nihilismo, y que poco a poco todos miramos ya las cosas con ese tipo de mirada que no ve nada. Miramos las cosas así porque, cada vez más, todos somos unos turistas, a veces, incluso, hasta en nuestra propia ciudad. Paralelamente a la mirada, hay también un tipo de narración turística o para turistas cuyo estilo se fraguó en la época de Fraga y que luego nadie ha intentado cambiar. Es el estilo, por ejemplo, de los libritos de la colección Everest que todos comprábamos cuando viajábamos por las provincias de España en los años setenta.
El fundador de esta revista etnográfica parece que tiene la esperanza de que las cosas se puedan contar de otra manera, y su empeño me parece tan extraordinario como heróico, pues siempre ha sido de héroes ir por senderos peligrosos y a contracorriente de las aguas. Me ha pedido que cuente algo del castillo de mi pueblo, y yo he aceptado emocionado porque, ya que me es imposible mirar al castillo de mi pueblo con ojos de turista, acaso pueda contribuir mínimamente a fundar ese nuevo estilo contraturístico con el que las cosas deban ser de nuevo contadas.
Pero es preciso también decir que antes del estilo turístico hubo un género literario prenihilista que aún se sigue practicando sobre los edificios antiguos con gran éxito académico. Me refiero, obviamente, a los eruditos textos de los historiadores e investigadores locales que a base de datos científicamente obtenidos cosifican las arquitecturas de modo parecido a como los entomólogos rigidizan para siempre a las mariposas. Conviene tachar de entrada este camino para huir, también, de las malas tentaciones.
Digo entonces que no puedo mirar al castillo de mi pueblo con ojos de turista, y digo cómo no debo contarlo, así que lo que sigue de ahora en adelante es pura aventura, como la propia revista en que aparece.

El castillo de Anguciana era de mi bisabuelo Justo Diez del Corral, o más bien de su mujer, mi bisabuela Pilar Blanco de Salcedo, y ahí empiezan mis dificultades literarias porque la narración puede rozar con lo personal, ofendiendo a la más míníma regla del pudor. Pero la distancia emotiva es grande porque mi abuelo lo vendió a una comunidad de frailes (verdaderos protagonistas de esta historia), justo un año antes de que naciera mi padre. Así pues, mis tíos paternos nacieron en el castillo justo hasta mi padre, que ya nació en una casa del pueblo a donde sus progenitores se habían trasladado, entre otras cosas porque, según he oído decir, mi abuela tenía bastante miedo a vivir en un castillo. Lo que es curioso y significativo porque si en su origen los castillos se erigieron para dar seguridad, empezado este siglo, la prepotencia o la evocación bélica de su arquitectura inspiraba a sus moradores más bien temor.
La torre fuerte tenía adosada una casona a la que sus habitantes o los lugareños llamaban exageradamente “palacio”, utilizando el mote de “palacianos” para sus moradores. (Estando en cierta ocasión en un bar del pueblo con mis hermanas, hace ya de esto treinta años, un viejo llamado “Visairas” dijo con la nostalgia propia de los escépticos del progreso: “¡ay! quién iba a imaginar a las nietas del palaciano bebiendo en la taberna...”). Los frailes franciscanos que compraron la torre y “el palacio” se instalaron en ambos, acondicionando una capilla en la casona, y erigiendo una espadaña con campanita encima de la torre (tal y como se puede ver en la fotografía más antigua que tengo del conjunto).
Pero lo más curioso de esta comunidad religiosa era que su capitalidad estaba en el Perú, porque su tarea prioritaria era misionera, y la instalación de Anguciana tenía por objeto la implantación de un Seminario de reclutamiento y formación para, desde allí, saltar a las selvas del alto Amazonas a cristianizar a los indios. En los muchos años de penuria que nuestro país vivió en torno a la mitad de este siglo, los frailes de Anguciana recorrían los pueblos de La Rioja y sobre todo de Castilla, buscando evangelizadores, lo que no les debió ser difícil de encontrar si nos atenemos a las obras y ampliaciones que en pocas décadas se sucedieron junto a la torre.
En la primera de ellas aún mantuvieron en pie la casona, pero en la torre hicieron una “intervención” verdaderamente gloriosa: como al parecer la cubierta tenía goteras, desmontaron la segunda fila de almenas (su elemento decorativo más característico), bajándolas al suelo con el extraordinario cuidado de numerarlas para su posterior restitución. A la hora de montarlas, sin embargo, tuvieron prisa, o hicieron otras cuentas, y el caso es que prefieron reconstruirlas en hormigón en vez de reponer la cantería. Y así, la torre de Anguciana luce un par de filas de almenas, unas de piedra y otras de hormigón, de una originalidad sin par. La espadaña en lo alto se amplió para dar cabida a tres campanas y enriquecer la musicalidad de las llamadas a oración. Junto a la torre y la casona, apareció entonces un ala en ele, propiamente conventual, pintadita en azul y con ventanas oblongas.
La segunda reforma y ampliación importante se hizo derribando “el palacio” y construyendo en su solar una gran iglesia y hasta un claustro interior en la articulación con el ala mencionada. Pero se hizo más alta que la anterior, se pintó de amarillo, y las ventanas se hicieron de medio punto, con lo que el conjunto, si no en homogeneidad, ganó, eso sí, en riqueza y variedad. Proyectó y dirigió las obras un padre franciscano que al parecer había adquirido experiencia en sus fundaciones americanas. El caso es que no calculó muy bien las proporciones de la iglesia y una vez erigida, les pareció a los frailes un cajón demasiado alto y estrecho. Decidieron entonces hacer un forjado a un tercio de su altura, más o menos, consiguiendo el doblete de una iglesia arriba y un cine debajo. El problema que se les planteó fue que el nivel de la iglesia se quedó algo alto y las escaleras de acceso desde la calle, además de muy empinadas, tenían que invadir la acera. Pero eran tiempos en que Dios era mucho más importante que las alineaciones, así que en cierto modo, esas escaleras que rezuman de la fachada son un monumento, pues dando expresión a una cierta jerarquía de valores, llaman a la devoción.
Otras obras puntuales sucedidas en el tiempo fueron, en verdad, mucho menos afortunadas. Un buen día sobre una almena surgió una chimenea de obra con tejadito y todo, y bajo la fila de huecos ojivales que dan a la carretera se abrió un hueco rectangular y descentrado con otra pequeña chimeneíta para toma de aire: los frailes habían puesto calefacción de fuel oil en el castillo. La obra no era divina, pero el ayuntamiento también concedió que el tanque de fuel oil se instalase debajo de la calle pública que baja a fuente la Virgen. Cruzaron luego sobre las venerables piedras areniscas de sus muros muchas palomillas de la luz y una larga y recta bajante de aguas con que se resolvió una enorme gotera que oscureció durante años la barbacana de la esquina noreste.
Pero lo más significativo e interesante que le sucedió a nuestro castillo fue cuando apareció en lo alto de sus almenas una antena de televisión. Si D. Miguel de Unamuno poetizó con las almenas de los castillos de España diciendo que eran las adarajas entre el cielo y la tierra, ¿qué no hubiera dicho de esta captadora de ondas del éter metida en medio de la adaraja?.
A diferencia del cercano castillo de Sajazarra, que en mi niñez estaba hundido y vacío en su interor, y a nosotros siempre nos parecía lugar de desolación y abandono, el castillo de Anguciana tenía mucha vida, aunque como es propio de los castillos, bastante secreta. Y es que los seminaristas no tenían el más mínimo contacto con el pueblo. Sólo la capilla de las escaleras empinadas era accesible al pueblo a las horas de oración. En las misas compartidas entre pueblo y convento, los seminaristas se situaban en el coro fuera de nuestra vista Los frailes solían dar unos sermones muy teatrales, sobre todo después de su estancia en el Perú, y la verdad es que con parroquia y convento la vida religiosa del pueblo estaba muy bien abastecida de misas y oficios. Algún fraile lego sacaba el ganado del convento por las choperas del soto y eso era todo lo que veíamos de la vida del castillo. Pero veíamos que había vida, y mucha, y eso era lo importante.
A mediados de los setenta cuando los pueblos de Castilla decidieron mandar sus hijos a las fábricas de Bilbao en vez de a evangelizar indios, los frailes se fueron también a la capital, cerraron el convento, y lo vendieron a un maderero de Llodio que veraneaba en el pueblo. A los pocos años, y como no supo muy bien qué hacer con tanto edificio, el maderero se lo vendió a unos constructores de Vitoria, que tampoco han dado muestras de querer hacer nada con todo ello. Los edificios del convento llevan más de veinte años vacíos, los cristales de las ventanas van desapareciendo por las pedradas de los chiquillos, los canalones y bajantes se caen y todo emana un aire de ruina dulcísimo. Mucho más hermoso, sin lugar a dudas, que el lustre de nuevo rico que ahora ostenta el vecino castillo de Sajazarra, comprado, reconstruido y usado como mansión por un magnate de las bebidas de cola.
En los actuales tiempos de progreso, movilidad, inversiones y turismo, sé que tener una ruina tan hermosa en medio de mi pueblo es un lujo asiático que no puede durar mucho, y que pronto o tarde nos será privado por algún adinerado, algún inversor o alguna Consejería de Cultura.
Pero mientras siga en su actual aspecto de abandono, quisiera que estas líneas de evocación de vida y no de cosificación de cosas ayudarán al lector, que no al turista, a contemplarlo en toda la belleza de su decrepitud.