martes, 13 de febrero de 2007

NUEVA YORK


(Publicado en la revista de La Rioja del Lunes el 8 de junio de 1992 para acompañar, más o menos libremente, unas fotos de Jorge Elías. El contenido del artículo puede perfectamente entenderse sin las fotos.)

“El que desde lo alto de la Estatua de la Libertad contempla la espléndida bahía de Nueva York no se siente inclinado a dejarse llevar por reflexiones históricas. La naturaleza le sume en su abierto presente, que por las dimensiones excepcionales del paisaje parece más cósmico que geográfico, como privado de ritmo y vicisitudes temporales. Cierto es que millones de hombres habitan aquel gran escenario, mas para ponerse a tono con él han erigido construcciones gigantescas en que la vida parece haberse como amortiguado por la magnitud misma de la obra.
Con el auxilio de los prismáticos descúbrese, como en el caso de una preparación histológica examinada a través del microscopio, la pululación de vida (...) y hasta en los bloques de los lejanos rascacielos se adivina la agitación de sus habitantes. Pero si el observador se limita a emplear los medios que sus ojos le ofrecen, el espectáculo es tan vasto y comprensivo que resulta inerte”.

Luis Diez del Corral, Del viejo al nuevo mundo.

Pues bien, en la aparentemente inerte Nueva York hay gente, aunque en la calle no tanta como a menudo muestran los teleobjetivos aplastando las largas avenidas en pocos metros. La relación entre la magnitud de los edificios y la densidad humana en la calle no guarda la proporcionalidad de una ciudad convencional, así que una de dos, o muchos de los pisos están vacíos o, como en Moscú, la mayoría de ellos están llenos de gente que apenas pisa la calle.

Por debajo de las calzadas y aceras, claro está, también hay gente. A juzgar por el humo que sale de debajo de la tierra, por la cantidad y sonoridad de las tapas de registro o por las gigantescas dimensiones de las alcantarillas que se adivinan desde las bocas de los pozos o desde las vertiginosas rejillas de las aceras, allí debe haber otro mundo. En el metro, sin embargo, los apretujones son menores que en Madrid o Barcelona.

La segunda observación que cabe hacer con respecto a los humanos, es que la gente de Nueva York es muy normal, esto es, que no guardan tampoco relación proporcional con el gigantismo de los edificios. Los neoyorkinos no son gente más grande de lo común, ni más fiera, ni más atropellada. En las fotos que aquí se muestran puede vérseles vendiendo pescado, yendo al trabajo, haciendo compras o simplemente paseando. El contraste entre la gente normal (no la de las películas) y las dimensiones de la escena urbana es, cuando menos, chocante.

Que los hay de todas las razas pudo ser en otro momento una curiosidad añadida, pero últimamente, con la proliferación de ciudades europeas interraciales, no llama excesivamente la atención. Y respecto a la vestimenta, esa segunda piel que en algún momento sirvió para caracterizar a todo un pueblo, a estas alturas del siglo es tan anodina como en cualquier otra parte del mundo, es decir, que no dice nada especial.

Sin embargo ellos saben que viven en una ciudad singular, una ciudad que no tiene parangón en el resto del mundo, una ciudad que probablemente ya no sea una ciudad sino algo, como decía Luis Diez del Corral, de dimensiones cósmicas, un extraño vértice de un mundo redondo. Otras gentes viven en escenarios tan grandiosos o más que Nueva York, pero son siempre naturales: el valle de Innsbruck, el macizo de Riglos, Nepal o Zermatt. Sólo en Nueva York los acantilados son de creación humana. Los habitantes de los valles más grandiosos de la tierra viven en contacto con sus orígenes. Quizás los de Nueva York empiecen a vislumbrar con cierto escalofrío su final. Por eso son muy humanos, muy normales; seguramente más normales que en el resto del planeta.
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No hace mucho, Paul Simon, el famoso cantante neoyorkino que en los últimos años se ha puesto a grabar discos con gente de la selva, descubrió a un grupo de rapperos del Bronx y, como le gustaron bastante, dijo: “Hombre, quizás grabe un disco con ellos; al fin y al cabo son vecinos míos”. El comentarista de televisión añadió en tono jocoso: “Pues si se dedica a promocionar a grupos musicales por el hecho de que sean vecinos de Nueva York, lo va a tener claro...”

La posibilidad de encontrar en Nueva York absolutamente de todo y además en gran cantidad la resume una anécdota que le ocurrió a un músico europeo de jazz que acudió a tocar a los garitos neoyorkinos. El promotor de la primera velada le preguntó si conocía a alguien con quien tocar y como le respondió que no, le pasó una larguísima lista de diferentes instrumentistas. Al no reconocer nombre alguno puso el dedo al azar y llamaron a un saxo tenor que resultó ser un taxista. Cuando le hizo una prueba se quedó asombrado de su técnica y de la cantidad de temas que conocía.

Pero si en vez de músicos buscamos pintores, escritores, arquitectos, fotógrafos, directores de cine, actores o bailarines, los encontraremos a patadas. Y como en el caso del taxista, muchos ejercen varias profesiones a la vez, como ese cómico mediocre llamado Woody Allen que además de ser aficionado al psicoanálisis y al cine, toca (bastante mal –según Javier Dulín que le vió en su garito) el clarinete.

Lo curioso de todos ellos es que, salvo contadas excepciones, nunca constituyen un estilo o una escuela que pueda llamarse “de Nueva York”. A diferencia de otras ciudades como Nueva Orleans, como Detroit o como Nashville, en que las raíces, el provincianismo, el monocultivo o la autodefensa contra un medio hostil les aglutina, en Nueva York nadie quiere apoyarse en nadie. Cada creador, cada artista, hace la guerra por su cuenta y se olvida del resto a sabiendas que las avenidas de Nueva York están abiertas al mundo entero y que desde las alturas de los rascacielos la voz del artista no encuentra más obstáculo que el de la inmensidad del éter.

Agotadas las ciudades europeas como fuentes de inspiración de las camadas de artistas, cuando un creador europeo está perdido o agobiado, una de dos, o se va al desierto, o se viene a Nueva York.
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Paraíso o selva, Nueva York siempre está en los límites de lo entendible por la humanidad, por eso, como el paraíso o como la selva, Nueva York carece de límites. Y también, como el paraíso o como la selva, carece también de centro: o si se quiere, su centro es lo más parecido al paraíso o a la selva, es decir, Central Park. Pero en cierto sentido, la isla toda de Manhattan funciona como centro de un gran conglomerado urbano que más allá de sus barrios (Queens, Brooklyn, Long Island o el Bronx) alcanza a otros estados como Nueva Jersey o Connecticut. Una gigantesca ciudad es el centro de sí misma. Si según la vieja concepción, la ciudad es cosmos y la naturaleza el caos, en Nueva York esas distinciones han desaparecido.

Aunque, por otra parte, hay edificios que por sí mismos tienen entidad propia de ciudad: del Rockefeller Center, del World Trade Center, o más recientemente del World Financial Center se dice que son en realidad, cada una, una ciudad metida dentro de la ciudad. Paradojas que serían muy del gusto de Borges.

Paradojas al margen, la sorpresa surge cuando se observa cómo la propia ciudad es capaz de desaparecer en su interior. La fotografía adjunta, por ejemplo, que refleja un aspecto completamente suburbial, está tomada en la Sexta Avenida a la altura de la calle Veinticuatro. No es un caso infrecuente: el Lower East Side, el Village, el Upper West Side y ya no digamos Harlem, están llenos de unos “huecos urbanos”, unas discontinuidades que recuerdan a las de Berlín pero sin bombardeos previos o muros comunistas. Albumes de fotografías tomadas desde el mismo punto de vista con una diferencia de varias décadas, como “New York, Then and Now” de Edmun V. Gillon, muestran a menudo que lugares llenos de vida hace cincuenta años ofrecen actualmente un aspecto desolador. Nueva York ha traspasado en sólo dos siglos los límites históricos de las ciudades que crecen en mancha de aceite, originando en su interior vastos solares que si, por un lado, ofrecen un rostro decrépito, por otro, encierran amplias posibilidades y esperanzas de un nuevo futuro. Algo verdaderamente inconcebible desde la ciudad europea sin la mediación de una guerra: “Nueva York se destruye continuamente a sí misma y del mismo modo se regenera continuamente” (Heinrich Klotz, catálogo de la exposición “20 años de arquitectura en Nueva York”).

Y aun sin destrucción física, la vida se traslada de unos edificios a otros y de unos barrios a otros con tal celeridad que distritos como el Soho o el Village han conocido ya en su corta historia un par de muertes y resurrecciones.

Cuenta Eduardo Mendoza en un librito sobre Nueva York (Ediciones Destino) que la primera manifestación que allí vio fue contra la apertura de un Burger Mac Donald en Jackson Square. Como no daba crédito a lo que veía se acercó a indagar los motivos de la protesta y sacó la extraña conclusión de que los vecinos veían en dicho local el signo inequívoco de una pronta y rápida degradación del barrio (!).
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Si los huecos urbanos y la mezcolanza de usos (almacenes, industrias, viviendas, oficinas) hacen de Nueva York un nuevo caos o una amorfa esponja, el contrapunto consiste, cómo no, en los gigantescos rascacielos de hierro y cristal del Finnancial District o del Midtown.

Cuando un europeo entra por primera vez en Manhattan, la primera impresión es precisamente la de la sucesión de extraños corredores o desfiladeros geométricamente dispuestos. Al principio parecen extravagantes e inhumanos, pero a poco que uno se plante ante ellos descubre que al igual que en los desfiladeros naturales, las paredes no son continuas y que tras un impresionante farallón, es posible siempre encontrar las nubes y el cielo. Uno se acostumbra mucho antes de lo que se imaginaba. Los rascacielos acaban por no ser agobiantes, incluso se podría decir de ellos lo contrario: que son siempre, para el ciudadano, referencias próximas, avisos inequívocos de la escala de la aglomeración urbana en que uno se encuentra; perfectos intermediarios entre el hombre y la ciudad toda.

Frente a la homogeneidad de las calles corredor de la vieja ciudad europea, la sucesión de los rascacielos está siempre llena de discontinuidades. Mientras que los telones de las casas de pisos representan en la ciudad decimonónica la cohesión social lograda por una burguesía triunfante, los rascacielos neoyorkinos son fruto más bien de la soledad de la empresa, de la sociedad anónima o de la feroz competitividad de las compañías comerciales. “La fuerza de Nueva York está en la falta de homogeneidad de su construcción, en la falta de una tipología que la singularice, y en ser una colección autónoma de objetos autónomos organizados sobre una malla ortogonal” (Bruce S. Fairbanks, op. cit.).

El episodio más conocido de esa singular batalla por destacar sobre la competencia fue la vertiginosa carrera en pos de la altura emprendida al final de los años veinte, cuando el Chrysler Building (1930, arquitecto William van Allen) se guardó bajo la manga una aguja de 185 pies de altura para poder derrotar en toda regla y a última hora al Banco de Manhattan (1929, arquitecto H. Craig Severance).
De nada le iba a servir, pues a medio camino entre uno y otro, entre el Midtown y el Downtown, el Empire State Building (Shreve, Lamb & Harmon, 1931), emplazado en el solar de uno de los lugares más emblemáticos y frecuentados del viejo Nueva York (el del primitivo Hotel Waldorf Astoria), jugó a ganador desde la calle treinta y cuatro, y eso que después del crack del veintinueve, sus promotores ya se veían en la bancarrota.

Encontrado por ahora un límite físico en la competición de altura allá por los cuatrocientos metros, la partida se ha desplazado al campo de las formas. Pasadas de moda las grandes cajas de hierro y cristal, el indiscutible campeón es el arquitecto Philip Johnson, que va señalando la ciudad aquí con un lipstick, allá con un reloj chipendale y, hasta en el Finnancial District, con un rascacielos almenado (!).
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Pero el problema más grave de una urbe del siglo XX no son las gentes, ni su soledad, ni la ausencia de centros, ni las demoliciones, ni sus rascacielos. El cáncer de las ciudades es el automóvil. ¡Y casi todas las ciudades del mundo lo han contraído!

La habilidad de Nueva York en este tema fue vacunarse. Ya en los años veinte, cuando toda la ciudad estaba surcada por los estrepitosos ferrocarriles aéreos, Robert Moses, Comisionado para Aparcamientos del Estado de Nueva York, se percató de que en pocas décadas cada neoyorkino iba a tener automóvil, así que, ampliando sus cometidos hasta rivalizar con los del presidente, no sólo extendió las zonas de aparcamiento hacia las áreas suburbanas de Westchester County y Long Island, sino que se dedicó a circunvalar Manhattan, Broocklyn y Queens con un sistema de autopistas en circunferencia unidas sistemáticamente con la red de aparcamientos, para unir la ciudad y los suburbios “de una manera que hasta entonces nunca se había hecho, prácticamente poniendo la ciudad en manos de la región” (Construyendo la capital del mundo. Robert A. M. Stern). Una apertura que, con el tiempo, llegaría a enlazar Washington D.C. con Boston en la gran megalópolis de la costa este americana.

En el origen de la política de aparcamientos y autopistas de Nueva York, Moses situó el deseo de la clase media neoyorkina en recuperar el contacto con la naturaleza mediante la facilidad de salir de la urbe. Pero la idea de que el hombre aumente su relación con la naturaleza a través de la civilización es una contradicción de tal volumen que setenta años después no ha sido aún desmontada. Los puentes de Nueva York son el emblema de ese vano empeño, el signo visible de esa contradicción (ya que los no menos numerosos túneles son casi invisibles). Gigantescas estructuras para “tender un puente” entre la ciudad y el suburbio, el suburbio y el campo, poseen en Nueva York la grandeza de su paisaje sin estar por encima de sus edificios. Gracias a los rascacielos del Finnancial District, el magnífico puente de Brooklyn de épica construcción (véase el romántico capítulo que Lewis Mumford le dedicó en Las décadas oscuras, ed. Infinito) nunca ha estado por encima de la ciudad (lo contrario que los ahora elogiados puentes de Sevilla que sí parecen estar por encima de la ciudad).
Nueva York es la primera ciudad del mundo que está a la altura de sus infraestructuras, que las ha absorbido y que se ha dado cuenta de su desvarío. Por eso quizás, sus habitantes ya no esperan salir más al exterior y han acabado por confundir el cosmos y el caos con su ciudad.