lunes, 19 de febrero de 2007

BERLIN


(Textos para una exposición de fotografías en el Colegios de Arquitectos de La Rioja en 1996.)

La Arquitectura es la expresión humana que más se resiste a ser transportada por los medios de comunicación: ni la literatura, ni los dibujos, ni las fotografías, y ni siquiera el moderno cine, son capaces de llevar a sus receptores la esencia de un lugar, la verdad de una ciudad o la presencia de un edificio.
Nos traen, eso sí, “cuentos”, “historias”, “impresiones personales”, “imágenes”, o “indicios de la Arquitectura”, pero nunca Arquitectura, porque ésta –así lo enunciamos– sólo es Arquitectura en su indisoluble vínculo a un lugar, a un entorno, o a una ciudad.
Por otra parte, la fotografía es un arte tramposo, probablemente el más tramposo de todos: a causa de la exacta correspondencia entre el “objeto” y su representación fotográfica, olvidamos, muy a menudo, que en el encuadre, en la intencionalidad, en el descuido, en la luz o en el momento del día, hay toda una selección (o una causística), que ha hecho previamente (o en la que ha incurrido) el “sujeto” que está detrás de la cámara.
Una exposición de Fotografía de Arquitectura es, por lo tanto, un total simulacro : no hay ni Arquitectura de verdad, ni exacta correspondencia entre la Arquitectura y lo representado. Bien mirado, lo menos falso que se le puede decir al visitante de esta exposición es que aquí hay “noticias de Arquitectura” e “historias de viajeros”.
En efecto, un grupo de arquitectos de Logroño, con amigos y familiares, hicimos en Septiembre de 1995 un viaje a Berlín, con extensión a Postdam y Dessau, para ver su Arquitectura en su lugar. Ahora bien, todo viajero que ve “las cosas en su lugar” suele entusiasmarse más de la cuenta, y fruto de esa euforia suelen ser las fotos y los deseos de compartir su experiencia con los demás. Entiéndase así la Exposición, y en ningún caso como la pretensión de traer aquí la Arquitectura de Berlín. Se trata, tan solo, de echar un vistazo sobre Berlín de una manera ordenada por capítulos históricos ..., o simplemente, de un divertimento; algo así como el juego de sílabas con la que se ha titulado : VERBERLIN.

1. Hay un Berlín histórico, barroco, académico, ecléctico, neoclásico, un Berlín de cierto empaque y solera que sobrevive malamente a los avatares bélicos y a las subsiguientes reconstrucciones, pero que sobrevive. Con un ojo puesto en el esplendor francés y el otro en las ruinas mediterráneas, los príncipes ilustrados y los arquitectos románticos construyeron una serie de edificios entre Berlín y Postdam que bien valen un capítulo en esta visita.
La figura del arquitecto Karl Friedrich Schinkel aparece una y otra vez en todos los recintos significativos, la isla de los Museos, el parque de Sanssouci en Postdam, el entorno del palacio de Charlottemburg o la Platz der Akademie, no sólo por la calidad compositiva y la belleza de sus obras, sino sobre todo, por esa falta de prejuicios estilísticos que en los últimos años le han traído al primer plano de la teoría arquitectónica.

2. Alemania entendió como ninguna otra nación en el mundo que la Primera Guerra Mundial había cerrado la época en la que el lujo era casi indispensable en toda Arquitectura. La figura de “el trabajador” descrita por Jünger, o los procesos industriales de producción en serie consagrados en el conflicto bélico como los nuevos demiurgos de la historia, reclamaban otras casas y otras ciudades; otro modo de hacer las cosas, otra Arquitectura.
Peter Behrens es la figura central de la transición entre el academicismo y la modernidad. Los expresionistas, entre los que Mendelsohn podría ser la figura más representativa, tuercen, curvan y requiebran sus edificios buscando un nuevo lenguaje. La Escuela de la Bauhaus en Dessau es el hito universal del nacimiento de esa nueva Arquitectura que desde entonces llamamos Moderna.

3. En la década de los cincuenta, sobre las ruinas físicas y anímicas de una ciudad desolada por la barbarie y la destrucción, se hizo un ilusionado intento de llamar a los exiliados arquitectos modernos para construir unos edificios emblemáticos que apuntasen de nuevo hacia el futuro.
Es posible que en la construcción de esos museos y edificios significativos, Mies van der Rohe, Walter Gropius o Hans Sharoum miraran más bien hacia su propio pasado personal que al futuro de la ciudad, así que parece prudente mirarlos como “memoriales” de un tiempo convulso y confuso del que acaso todavía no hayamos salido del todo.

4. Casi treinta años después de esa simbólica restauración de la modernidad, la ciudad de Berlín, dividida por el muro de la guerra fría entre Este y Oeste, seguía siendo una ciudad congelada y sin esperanza en sí misma. La construcción anodina de la zona Oeste o la edificación de vivienda masiva en la zona Este amenazaban con hacer de la ciudad un erial, espejo acaso de los enormes solares abiertos por la destrucción. En ese contexto sólo el barrio del Kreuzberg parecía apuntar cierta vida berlinesa gracias a las subvenciones a la juventud, a la tolerancia, y a la savia aportada por los pueblos inmigrantes.
La administración de la ciudad occidental se planteó entonces un plan de prestigio, el IBA´84, llamando a arquitectos de fama internacional para proyectar la nueva vivienda berlinesa. El resultado fue bastante irregular, mediocre e incluso folklórico, porque como suele ocurrir, cuando los arquitectos son llamados por su nombre, quieren dejar su nombre, y se olvidan entonces de la Arquitectura, esto es, del Lugar, y de la Ciudad.

5. La caída del muro y la unificación alemana le han planteado definitivamente a Berlín el reto de ser una gigantesca Ave Fénix que no sólo recupere su identidad o la reinvente sino que, a tenor de la pujanza de la economía alemana en el contexto europeo, aspire a convertirse en una nueva capital europea.
De nuevo han sido llamados los arquitectos de renombre mundial, pero esta vez no para construir casitas sino para erigir los grandes edificios de oficinas y los simbólicos edificios institucionales.
En Septiembre de 1995, cientos de grúas dibujan un perfil inédito de la ciudad. Las calles están todas en obras acogiendo unas nuevas infraestructuras. Las recién abiertas autopistas de acceso a la ciudad doblan y triplican sus carriles, y las vías del ferrocarril otro tanto. Toda la maquinaria es de primera mano y la organización impecable. El espectáculo es impresionante. Sólo comparable, ¡ay!, a la misma capacidad destructiva que hace poco más de cincuenta años se abatió sobre esa ciudad.

Quiera la suerte que las cosas no vayan tan deprisa y que Berlín no se convierta en la ciudad-símbolo de las ciudades en frenética producción y destrucción. Quiera la suerte que tengamos los humanos algún momento para contemplarlas, para pensarlas, y para vivirlas, o por lo menos... ¡para verlas!.