miércoles, 21 de febrero de 2007

LA HEROICA LOGROÑO


(Publicado en el diario La Rioja el 18 de mayo de 1994.)

A finales del año pasado el Ebro arrasó las fincas de sus riberas. Luego, un caluroso marzo ha inundado de savia las plantas para que la helada de abril las arruinara. Por si fuera poco, sigue sin llover y el cereal se agosta sin llegar a mayo. Cuando estemos a punto de recoger lo poco que las fincas hayan dado, vendrá el pedrisco, las plagas de insectos o los pájaros. Y si aún queda algo, una política desastrosa de comercialización de productos del campo nos obligará a enterrar los tubérculos o a dejar pudrir los frutos.
Los hombres del campo están modelados con estos cinceles. Mientras el progreso de las herramientas, la ampliación de los regadíos, el invento de nuevos plaguicidas, la oferta de nuevas líneas de créditos a bajo interés, la cobertura de los seguros o la construcción de buenos almacenes de productos, les han prometido constantemente una más fácil y mayor producción, la naturaleza y el destino les avisan regularmente de lo insensato de la empresa. Ellos esquilman la tierra para dar de comer al mundo y, a cambio, ven cómo una y otro les machacan periódicamente.
Adquieren así, poco a poco, año a año, y sin estudiar, la vieja sabiduría del hombre, el primitivo conocimiento del mundo, aquella eterna verdad que vislumbró la humanidad justo antes de que la cultura de occidente se desplegara desde Grecia haciéndonos creer en la razón, en la filosofía, en la ciencia y en la técnica. Se les nota en la mirada perdida y ensoñadora, una mirada que los tontos llaman escéptica, pero que nada o poco tiene de ello. Es una mirada más antigua, anterior incluso a la del fatalismo. Quien tiene la suerte de ver la riada, y luego el intenso fluir de la savia, y luego, la helada, y más tarde, la caída del pedrisco o la fuerza terrible de los minúsculos insectos; y contrasta todo ello con los poderes que la ciencia y la técnica le otorgan, quien tiene ante su vista el despliegue de todas las fuerzas del devenir, atisba su sinsentido, piensa que sólo se trata de ilusiones, y da por fijar su mirada en el ser eterno, unívoco e inamovible de las cosas todas.
Los ciudadanos de Logroño son gentes de campo. A comienzos de siglo nuestra ciudad tenía sólo veinte mil habitantes, y buena parte de ellos estaban dedicados a las tareas agrícolas. La mayoría de los cien mil restantes que completan el actual censo han venido de los pueblos de la provincia, así que en todo encuentro entre dos logroñeses la pregunta de rigor es, ¿y tú de qué pueblo eres?
La migración del campo a la ciudad, el abandono del contacto con las fuerzas de la naturaleza en pos de un hueco en las redes del “bienestar” creadas por la razón y el progreso, ha supuesto una gran transformación en la mentalidad de estas gentes, en su aspecto exterior, en sus costumbres, en su sentido de la economía, en sus relaciones sociales, en su hablar, en su movilidad y, en general, en su forma de vivir.
Y sin embargo, a pesar de tantos cambios, por debajo de todas estas nuevas apariencias, la actitud impasible ante los desastres de la naturaleza y la impotencia de la técnica, esa disposición heróica que socaba el carácter de acontecimiento del propio desastre, sigue incólume.
Lo demuestra el hecho de que los logroñeses vean en los políticos todos, no una fuerza controlable por el voto, la razón o el sentido común, sino una plaga de insectos, una sequía pertinaz, un erupto de la naturaleza tan aleatorio como las tormentas o las heladas, es decir, un fenómeno tan inconsistente como los otros, acaso una mera ilusión, una nada.
Que los logroñeses son héroes de una pasta equivalente a la de los titanes de la antigüedad pregriega lo demuestra, sin ningún género de dudas, el hecho de que sigan cruzados de brazos y con la mirada perdida ante las calamidades que el alcalde Manuel Sainz y la alcaldesa Pilar Salarrullana infligen diariamente a su ciudad.